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Perspectiva

Conferencia en la Universidad de Humboldt

El imperialismo estadounidense y la opresión de Irán

A continuación, se transcribe el texto de una conferencia impartida por David North, presidente del Consejo Editorial Internacional del WSWS, en la Universidad Humboldt de Berlín, Alemania, el 24 de marzo de 2026.

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel, sin siquiera una declaración formal de guerra, lanzaron un ataque masivo contra Irán, atacando bases militares, instalaciones gubernamentales y ciudades en todo el país. El líder supremo Ali Jameneí murió en el ataque inicial, junto con numerosos funcionarios y un número indeterminado de civiles. Han resultado dañadas o destruidas escuelas, hospitales y sitios de patrimonio cultural.

En cuestión de días, Estados Unidos lanzó bombas antibúnker de 2.300 kilogramos sobre emplazamientos de misiles iraníes en el estrecho de Ormuz. Un submarino estadounidense torpedeó y hundió la fragata iraní IRIS Dena en el océano Índico, un buque que el Pentágono sabía que estaba desarmado, ya que regresaba de un ejercicio naval multinacional que exigía a los buques participantes no llevar munición. Ochenta tripulantes perdieron la vida. Fue el primer barco hundido por un submarino estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial.

Fuerzas de EE.UU. e Israel bombardean Teherán, 4 de marzo de 2026

Al momento de esta conferencia, la guerra lleva más de tres semanas en curso. Más de 1.500 personas han muerto en Irán, incluyendo al menos 160 en un ataque con misiles estadounidenses contra una escuela de niñas. Más de 4.000 edificios civiles han resultado dañados. En legítima defensa, Irán ha respondido con ataques con misiles y drones en toda la región del golfo Pérsico, alcanzando objetivos en Israel, Baréin, Kuwait, Catar, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos. El estrecho de Ormuz, por donde normalmente fluye una quinta parte del petróleo mundial, se encuentra prácticamente cerrado. Los precios del petróleo han superado los 110 dólares por barril. La Agencia Internacional de Energía ha descrito la situación como el 'mayor desafío para la seguridad energética mundial de la historia'. Veinte mil marineros se encuentran estancados en el golfo. El transporte marítimo internacional se ha paralizado.

El presidente Trump ha exigido la rendición incondicional de Irán. Ha amenazado con atacar las centrales nucleares y la red eléctrica iraníes. Ha declarado que el cambio de régimen 'ocurrirá'. El secretario de Defensa de Estados Unidos ha afirmado que las fuerzas armadas no cejarán en su empeño hasta que 'el enemigo sea derrotado total y definitivamente'. Mientras tanto, las propias evaluaciones de la inteligencia estadounidense han concluido que la supuesta amenaza de misiles balísticos de largo alcance de Irán contra Estados Unidos carece de fundamento, ya que el desarrollo de dichas capacidades les tomaría al menos hasta 2035.

El ataque se produjo la misma noche en que los mediadores omaníes informaron de importantes avances en las negociaciones nucleares y de que Irán había acordado, en principio, eliminar por completo sus reservas de uranio enriquecido. El ministro de Asuntos Exteriores iraní había declarado públicamente que un acuerdo “histórico” para evitar la guerra estaba “al alcance de la mano”. Estados Unidos optó por la guerra en lugar de una solución negociada.

El peligro de que se expanda la conflagración no es hipotético, sino una variable activa en los cálculos de todos los gobiernos del mundo.

El paralelismo histórico que se plantea no es la guerra del golfo Pérsico de 1991 ni la invasión de Irak en 2003, sino agosto de 1914. La Primera Guerra Mundial comenzó como un conflicto regional en los Balcanes y se expandió, a través de la lógica de las alianzas, las rivalidades imperiales y los errores de cálculo, hasta convertirse en una catástrofe global que destruyó cuatro imperios y causó la muerte de 20 millones de personas.

Los mecanismos de escalada en la crisis actual no son menos peligrosos. La interconexión de la guerra de Irán con los conflictos en Ucrania, el mar de China Meridional y la confrontación más amplia de Estados Unidos con Rusia y China implica que un solo incidente —un misil extraviado que impacte a un miembro de la OTAN, un enfrentamiento naval en el golfo, un ataque a una instalación nuclear— podría desencadenar una cadena de acontecimientos que ningún gobierno tiene capacidad de controlar. La clase trabajadora y toda la humanidad se enfrentan a una situación que Trotsky describió con tanta premonición en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. La clase dominante “se desliza como en un tobogán a ciegas hacia una catástrofe económica y militar”.

Esta guerra es “un crimen contra la paz”, el primer y más fundamental cargo de la acusación presentada contra la cúpula nazi ante el Tribunal Militar Internacional de Núremberg en 1945-1946. De los 22 acusados juzgados en Núremberg, 13 fueron declarados culpables de librar una guerra de agresión. Once fueron ahorcados el 16 de octubre de 1946. Hermann Göring, segundo al mando de Hitler, escapó de la horca ingiriendo cianuro horas antes de su ejecución programada.

Juez Robert H. Jackson en Núremberg

El fiscal jefe estadounidense en Núremberg, el magistrado de la Corte Suprema Robert H. Jackson, inauguró el juicio con palabras que siguen siendo la declaración más autorizada del principio de que el derecho internacional vincula tanto a los poderosos como a los desfavorecidos. “El privilegio de inaugurar el primer juicio de la historia por crímenes contra la paz mundial impone una grave responsabilidad”, declaró Jackson. “Los agravios que buscamos condenar y castigar han sido tan premeditados, tan perversos y tan devastadores, que la civilización no puede tolerar que se ignoren, porque no puede sobrevivir a su repetición”.

Jackson insistió en que el precedente legal establecido en Núremberg no podía aplicarse selectivamente. “Si bien esta ley se aplica primero contra los agresores alemanes”, escribió, “incluye, y para que cumpla su propósito, debe condenar la agresión de cualquier otra nación, incluidas aquellas que ahora juzgan aquí”. Y afirmó, con una franqueza que condena toda la historia posterior de la política exterior estadounidense: “Cualquier recurso a la guerra —a cualquier tipo de guerra— es un recurso a medios inherentemente criminales. Una guerra honestamente defensiva es, por supuesto, legal. Pero los actos inherentemente criminales no pueden defenderse demostrando que quienes los cometieron estaban en guerra, cuando la guerra misma es ilegal”.

Según el criterio que Jackson articuló y que el Tribunal aplicó, la guerra contra Irán es una guerra de agresión, lanzada sin provocación, sin autorización del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, sin una declaración de guerra del Congreso de los Estados Unidos y en violación de la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial de cualquier Estado. Irán no había atacado a los Estados Unidos. No representaba una amenaza inminente para los Estados Unidos. Estaba en proceso de negociar un acuerdo integral.

Las potencias imperialistas europeas son totalmente cómplices de este crimen. Sus diferencias con Washington, en la medida en que existen, son de carácter puramente táctico. La Unión Europea emitió un comunicado el 1º de marzo que no condenaba el ataque sorpresa estadounidense-israelí, sino que denunciaba los ataques de represalia de Irán como “inexcusables”. El Consejo Europeo “condenó enérgicamente los ataques militares indiscriminados de Irán”, al tiempo que solo pedía “máxima moderación” y la “protección de los civiles”, un lenguaje dirigido a ambas partes como si el agresor y la víctima de la agresión fueran moralmente equivalentes. El canciller alemán Merz describió a Irán como una “grave amenaza para la seguridad” y sostuvo que décadas de diplomacia habían fracasado. Francia desplegó su portaaviones en la región para “proteger los intereses franceses”.

Durante cuatro años, estos mismos gobiernos europeos han denunciado lo que denominan la “guerra no provocada” de Rusia contra Ucrania; una guerra que, en realidad, distaba mucho de ser no provocada, pues surgió directamente de la implacable expansión de la OTAN hacia el este y del esfuerzo sistemático por convertir a Ucrania en una base de operaciones avanzada contra Rusia. Pero aceptemos, a modo de ejemplo, el planteamiento de los propios europeos. Han invocado el derecho internacional, la inviolabilidad de la soberanía y la inviolabilidad de las fronteras. Han impuesto duras sanciones a Rusia y han suministrado a Ucrania decenas de miles de millones de dólares en armamento. Sin embargo, ante una guerra indiscutiblemente no provocada, lanzada por su principal aliado contra una nación de 91 millones de habitantes —una guerra que ha causado la muerte de más de 1.500 civiles, ha bloqueado la ruta marítima más importante del mundo y amenaza con una catástrofe nuclear— no han pronunciado ni una sola palabra de oposición. El “orden internacional basado en normas” ha quedado al descubierto, una vez más, como un eufemismo para el derecho de las potencias imperialistas a hacer la guerra a quien les plazca.

Es necesario abordar la narrativa que ha llegado a dominar prácticamente todo el debate público sobre esta guerra, tanto en la derecha como en la izquierda. Dicha narrativa sostiene que la guerra contra Irán se explica principalmente, y en algunas versiones exclusivamente, como producto de la influencia israelí y sionista sobre la política exterior estadounidense. Según esta versión, Estados Unidos no tiene ningún interés independiente en el conflicto con Irán, fue manipulado o coaccionado para entrar en la guerra por Benjamín Netanyahu y el lobby israelí, y seguiría un rumbo completamente diferente en Oriente Próximo si se liberara de esta influencia perniciosa.

Esta interpretación ha sido promovida con mayor vehemencia por figuras de la derecha nacionalista. Tucker Carlson, la voz más influyente de este sector, declaró el 3 de marzo de 2026: “Esto sucedió porque Israel quería que sucediera. Esta es la guerra de Israel. Esta no es la guerra de Estados Unidos”. Carlson fue más allá, afirmando que “Estados Unidos no tomó la decisión. La tomó Benjamín Netanyahu”.

El coronel Douglas MacGregor, exasesor del secretario de Defensa, se ha expresado en la misma línea. Dos días antes del inicio de la guerra, MacGregor declaró: “Creo que reconoce que no tiene muchas opciones. Debemos comprender quién lo llevó a la Casa Blanca y el enorme poder e influencia del lobby israelí y de los multimillonarios sionistas en Estados Unidos que contribuyen a él”. En una publicación en redes sociales tras el inicio de la guerra, MacGregor preguntó: “¿Para qué? ¿Para que Israel, que inició esta guerra insensata, pueda arrastrar a los estadounidenses a un conflicto regional más amplio?”.

Esta narrativa ha sido ampliamente aceptada, con distintos grados de sofisticación, también por la oposición liberal de izquierda. Jeffrey Sachs, economista de la Universidad de Columbia, ha descrito la guerra como impulsada por “dos narcisistas malignos, Netanyahu y Trump”, y la presenta principalmente como un proyecto israelí para establecer un “Gran Israel” y la hegemonía regional. Figuras como Max Blumenthal y Chris Hedges, y organizaciones como CodePink, que adoptó el lema “No moriremos por la guerra de Israel”, han planteado el conflicto en términos prácticamente idénticos a los de la derecha nacionalista, es decir, como una guerra librada por Israel, no por Estados Unidos.

No cabe duda de que el lobby israelí es real y que destina ingentes recursos a influir en la política estadounidense. Tampoco cabe duda de que Israel ha buscado esta guerra durante décadas, de que Netanyahu proporcionó la información sobre la ubicación de Jameneí que hizo posible el ataque del 28 de febrero, y de que el régimen israelí, que ha perpetrado un genocidio en Gaza y cuyo carácter es cada vez más inequívocamente fascista, tiene una enorme responsabilidad en la catástrofe que asola actualmente Oriente Próximo.

El World Socialist Web Site se ha distinguido por su firme oposición al Estado de Israel, una oposición que se remonta a 1948, cuando la Cuarta Internacional se opuso a su formación. La lucha, tanto ideológica como política, que el marxismo libró contra el sionismo data de la década de 1880. El propio Trotsky describió el sionismo como la promoción de una utopía reaccionaria, con consecuencias potencialmente catastróficas. Su advertencia se ha hecho realidad.

Sin embargo, explicar la guerra no solo principalmente, sino incluso exclusivamente, como producto de la influencia sionista es profundamente erróneo, no solo como análisis histórico, sino también como perspectiva política. Conduce, lo pretendan o no sus defensores, a una apología e incluso a una alineación con el imperialismo estadounidense. Si el problema es la influencia israelí, entonces la solución es eliminarla y reemplazarla con una política exterior “buena” que defienda los auténticos intereses “estadounidenses”. La política exterior se convierte en una cuestión de higiene: de purgar un contaminante extranjero de un cuerpo político que, de otro modo, sería sano. Esta perspectiva está estrechamente relacionada con la tradición reaccionaria, y esencialmente antisemita, que afirma una distinción fundamental entre un capitalismo cristiano sano y productivo y un capital financiero parasitario, usurario y dominado por judíos. No es casualidad que el comentario de Carlson haya pasado, en cuestión de días, de la crítica a la política exterior de Israel a teorías conspirativas sobre el control judío del Estado estadounidense.

En el caso de la guerra actual, la narrativa centrada en Israel desvincula el conflicto de cualquier análisis histórico, geopolítico, socioeconómico y de clase coherente sobre sus orígenes, causas y objetivos. Abandona esencialmente el imperialismo como marco analítico. Ignora por completo el papel prolongado y pernicioso del imperialismo británico, alemán y, finalmente, estadounidense en la opresión de Persia-Irán. La cuestión del petróleo —fundamento material de todo el conflicto— queda relegada a un segundo plano. Desconecta totalmente esta guerra de la prolongada lucha librada por Estados Unidos contra Irán desde 1979, con el objetivo de revertir los resultados de la Revolución iraní, que ha incluido brutales sanciones financieras, ataques militares, el uso de aliados —Irak e Israel, así como los Estados del golfo Pérsico— y, finalmente, los últimos 35 años de guerras libradas por Estados Unidos y sus aliados de la OTAN en Oriente Próximo, el norte de África y Asia central.

Además, la interpretación centrada en Israel rompe el vínculo entre esta guerra y los preparativos que Estados Unidos está llevando a cabo para una guerra contra Rusia y China. Como ha recalcado el World Socialist Web Site, el objetivo de Estados Unidos es erradicar todo rastro de las revoluciones sociales y democráticas del siglo XX y reorganizar el mundo bajo su control hegemónico. Este proyecto no solo responde a malas intenciones, ni solo a la locura y la criminalidad de Donald Trump, sino también a la necesidad imperiosa del capitalismo estadounidense de revertir el prolongado deterioro de la posición financiera global de Estados Unidos mediante la guerra.

El propio Trump llegó al poder gracias a la clase dirigente estadounidense. Su presidencia no es producto de una insurrección popular, sino de la decisión deliberada de sectores dominantes de la oligarquía financiera de instalar en la Casa Blanca a una figura dispuesta a emplear los métodos del crimen organizado en la conducción de la política nacional e internacional. El caso Epstein, en el que una vasta parte de la élite financiera y política está implicada en crímenes de la índole más sórdida, ofrece una visión del entorno social del que surgió esta administración.

La guerra contra Irán la libra un gobierno que, en sí, representa la decadencia terminal de la democracia burguesa estadounidense. El uso de la guerra como medio para reprimir violentamente la oposición de la clase trabajadora a la oligarquía capitalista dominante y a toda la estructura de explotación capitalista está inseparablemente ligado a los imperativos globales del capitalismo estadounidense.

La guerra en Irán, que siguió al ataque a Venezuela y a los continuos esfuerzos por estrangular a Cuba —ninguno de los cuales guarda relación con los intereses sionistas—, se ha desarrollado en el contexto de la violencia paramilitar fascista del ICE, que ha incluido el asesinato de ciudadanos estadounidenses y la brutal persecución de la población inmigrante. La lógica de esta guerra no es simplemente la del lobby israelí. Es la lógica del imperialismo en su época de crisis histórica.

Para demostrarlo, hay que repasar la historia real de la relación estadounidense con Irán, una historia que precede con creces al Estado israelí moderno y que no tiene sus raíces en las maquinaciones sionistas, sino en el petróleo, el control geopolítico y los intereses de clase del capitalismo estadounidense.

Para comprender por qué Estados Unidos ha librado una guerra —económica, encubierta y ahora abiertamente militar— contra Irán durante casi medio siglo, es necesario comenzar no con la ideología, sino con la geografía. Irán se encuentra en la confluencia de tres zonas críticas de la economía mundial: Asia central, Asia meridional y el golfo Pérsico. Posee las cuartas mayores reservas probadas de petróleo del mundo y las segundas mayores reservas de gas natural. Además, Irán controla la costa norte del estrecho de Ormuz, el angosto paso por donde, antes de la guerra actual, transitaba diariamente aproximadamente el 20 por ciento del suministro mundial de petróleo.

Ningún estratega serio en Washington ha dejado de considerar esto. La lucha por Irán nunca ha girado, en esencia, en torno al terrorismo, las armas nucleares, los derechos humanos o Israel. Todo esto ha servido como pretexto, justificación e instrumento. La cuestión fundamental siempre ha sido quién controla los recursos petrolíferos del golfo Pérsico y en qué condiciones.

Las potencias imperialistas comprendieron esto mucho antes de la llegada de Estados Unidos. Reino Unido comenzó a extraer petróleo iraní en 1908 a través de la Anglo-Persian Oil Company, que posteriormente se convirtió en la Anglo-Iranian Oil Company y, finalmente, en British Petroleum. Durante la primera mitad del siglo XX, Irán fue, en la práctica, una semicolonia británica. Su riqueza petrolera era extraída por una corporación extranjera, su política estaba controlada por la Embajada británica y su soberanía era meramente nominal.

Alemania también reconoció la importancia estratégica de Irán. Bajo el káiser, el capital alemán compitió por la influencia en Persia como parte de la rivalidad con Reino Unido, una rivalidad que contribuyó al estallido de la Primera Guerra Mundial. Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis cultivaron relaciones con el sha Reza Pahlavi, cuyas tendencias germanófilas alarmaron a los Aliados lo suficiente como para justificar la invasión anglo-soviética de 1941. Los británicos se apoderaron de los campos petrolíferos del sur; los soviéticos ocuparon el norte. La soberanía de Irán, como tantas veces, fue ignorada cuando entró en conflicto con los intereses de las grandes potencias. Fue en este escenario de competencia interimperialista donde Estados Unidos entró durante la Segunda Guerra Mundial, y nunca se ha retirado.

Esto no es ningún secreto. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos para 2025 lo expresó con una franqueza inusual: “Estados Unidos siempre tendrá un interés fundamental en garantizar que los suministros energéticos del golfo Pérsico no caigan en manos de un enemigo declarado y que el estrecho de Ormuz permanezca abierto”. Esa sola frase, redactada por el propio aparato de seguridad nacional de Trump, desmantela la afirmación de que Estados Unidos no tiene ningún interés independiente en una guerra contra Irán.

Stalin, Roosevelt y Churchill en la conferencia de Teherán

La importancia estratégica de Irán para el imperialismo estadounidense no se reconoció en 1979 ni en 2001, sino durante la Segunda Guerra Mundial. En noviembre de 1943, Roosevelt, Churchill y Stalin se reunieron en la Conferencia de Teherán —la primera reunión de los Tres Grandes— en la capital de Irán. La elección del lugar fue significativa en sí misma. Irán había sido invadido y ocupado conjuntamente por Reino Unido y la Unión Soviética en agosto de 1941, y servía como corredor de suministro crucial a través del cual el material del programa estadounidense de Préstamo y Arriendo llegaba al frente soviético.

En Teherán, los tres líderes emitieron una declaración conjunta comprometiéndose a respetar la independencia, la soberanía y la integridad territorial de Irán, y prometiendo asistencia económica tras la guerra. Pero la conferencia también obligó a Roosevelt a afrontar una realidad que marcaría la gran estrategia estadounidense durante las siguientes ocho décadas: que quien controlara Irán controlaría la puerta de entrada a las reservas de petróleo más ricas del planeta.

El primer enfrentamiento entre grandes potencias de la Guerra Fría no tuvo lugar en Berlín ni en Corea, sino en Irán. Según el acuerdo de ocupación en tiempos de guerra, todas las fuerzas aliadas debían retirarse de Irán en un plazo de seis meses tras el fin de las hostilidades. Estados Unidos y Reino Unido se retiraron según lo previsto.

La administración Truman, que había adoptado una postura de firmeza hacia su antiguo aliado de guerra, trató la crisis iraní como una prueba para la emergente doctrina de contención. Estados Unidos presionó a la Unión Soviética a través del recién creado Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas —uno de los primeros temas que este organismo abordó— y mediante la confrontación diplomática directa. Ante esta presión conjunta, los soviéticos se retiraron en mayo de 1946.

La trascendencia de este episodio es incalculable. Irán fue el primer escenario donde Estados Unidos impuso su voluntad frente a la URSS y salió victorioso. Estableció el patrón —la defensa del acceso occidental al petróleo del golfo Pérsico como un imperativo estratégico fundamental— que ha regido la política estadounidense en la región desde entonces. Además, consolidó a Irán como un Estado satélite de Estados Unidos, una condición que se formalizaría y profundizaría durante las tres décadas siguientes.

El episodio crucial en la historia de las relaciones entre Estados Unidos e Irán, el que explica todo lo que vino después, tuvo lugar el 19 de agosto de 1953, cuando la CIA y la inteligencia británica derrocaron al gobierno democráticamente elegido del primer ministro Mohammad Mosaddeq y reinstauraron al shah como gobernante absoluto de Irán.

El delito de Mosaddeq fue la nacionalización de la industria petrolera iraní. Desde 1908, la Anglo-Iranian Oil Company había extraído la riqueza petrolera de Irán, pagando al gobierno iraní solo una fracción de los ingresos. Cuando Mosaddeq intentó recuperar el control nacional de este recurso, Reino Unido impuso un embargo y un bloqueo, y posteriormente solicitó la ayuda de Estados Unidos para derrocarlo.

La administración Eisenhower, aprovechando la oportunidad ofrecida por los británicos y motivada tanto por los temores de la Guerra Fría como por el deseo de las petroleras estadounidenses de acceder a concesiones iraníes, autorizó a la CIA a ejecutar el golpe de Estado. La operación, cuyo nombre en clave era Ajax, fue liderada por Kermit Roosevelt Jr., nieto de Theodore Roosevelt y primo del agente de la CIA Archibald Roosevelt Jr., quien más tarde se convertiría en asesor de David Rockefeller en el Chase Manhattan Bank. Unas 300 personas murieron en los combates en Teherán.

Mohammed Reza Pahlavi, sha de Irán, retrato oficial

Tras el golpe de Estado, el Shah consolidó su poder absoluto. Se creó la policía secreta, la SAVAK, con la ayuda de la CIA y el Mossad israelí. El general de división Norman Schwarzkopf Sr., padre del comandante de la guerra del golfo, fue enviado por la CIA para entrenar a las fuerzas de seguridad que defenderían el régimen del sha. El sector petrolero se reorganizó bajo un nuevo consorcio en el que cinco compañías estadounidenses compartían las ganancias junto con British Petroleum, Shell y los intereses franceses, que habían cambiado de nombre. El aplastamiento del experimento democrático de Irán había cumplido su propósito. El capital estadounidense ahora tenía acceso directo al petróleo iraní.

La afirmación de que Estados Unidos no tiene 'ningún interés' en un conflicto con Irán queda refutada no solo por los registros históricos, sino también por los propios documentos estratégicos clasificados y publicados por el gobierno estadounidense, que han identificado a Irán como un interés fundamental para Estados Unidos y como una amenaza, de forma continua desde la década de 1950.

La documentación comienza inmediatamente después del golpe de Estado de 1953. El documento NSC 5402/1, la primera declaración integral de la política estadounidense hacia Irán tras el derrocamiento de Mosaddeq, estableció el marco. Irán debía mantenerse como un Estado clientelar prooccidental, con apoyo militar y suministro de petróleo a los mercados occidentales. En 1958, el NSC 5821/1, adoptado por el Consejo de Seguridad Nacional de Eisenhower, dejó clara su postura con la franqueza característica de la época. En él se afirmaba: “La ubicación estratégica de Irán entre la URSS y el golfo Pérsico, junto con sus grandes reservas de petróleo, hacen que sea de vital importancia para Estados Unidos mantener la amistad, la independencia y la integridad territorial de Irán”. El documento autorizaba el empleo de las fuerzas armadas estadounidenses para proteger la integridad territorial y la independencia política de Irán.

Desde 1953 hasta 1979, el sha se desempeñó como el 'Gendarme del golfo Pérsico' al servicio de Washington, término utilizado en la doctrina estratégica estadounidense tras la Doctrina Nixon de 1969, que sostenía que los aliados regionales, en lugar de las fuerzas terrestres estadounidenses, debían mantener el orden en el mundo en desarrollo en nombre de Washington. Entre 1970 y 1978, el sha encargó armas estadounidenses por valor de 20.000 millones de dólares, lo que un miembro del Congreso calificó como 'el aumento más rápido del poder militar en tiempos de paz de cualquier nación en la historia del mundo'. Irán se convirtió en el mayor cliente de las exportaciones de armas estadounidenses. Grumman, Bell Helicopter, Northrop, Rockwell International y decenas de otros contratistas de defensa estadounidenses obtuvieron miles de millones de dólares gracias a esta relación. Para 1973, se estimaba que 3.600 técnicos estadounidenses trabajaban en proyectos relacionados con armamento dentro de Irán, cifra que se proyectaba que alcanzaría los 25.000 para 1980.

El Chase Manhattan Bank, bajo la dirección de David Rockefeller, sindicó más de 1.700 millones de dólares en préstamos para proyectos públicos iraníes, lo que equivaldría a unos 5.800 millones de dólares actuales. El balance del Chase incluía más de 360 millones de dólares en préstamos directos a Irán y más de 500 millones de dólares en depósitos iraníes. La relación financiera, militar y de inteligencia entre Estados Unidos y el régimen del shah no era una alianza diplomática en el sentido convencional. Era un sistema de extracción y control imperial, alimentado por la venta de armas y los beneficios bancarios, respaldado por una policía secreta entrenada por la CIA y justificado por la Guerra Fría.

La SAVAK, instrumento de represión interna, era tristemente famosa. Operaba con una impunidad asombrosa, según consta en los registros, empleando la tortura contra presuntos disidentes. Cientos de personas fueron ejecutadas por motivos políticos durante las dos últimas décadas del sha en el poder. Miles fueron encarceladas. Y la población de Irán sabía que el poder del sha no se basaba en ninguna legitimidad interna, sino en el golpe de Estado de 1953 y en el apoyo constante de Estados Unidos.

La relación de Estados Unidos con el sha no fue un hecho aislado. Estaba integrada en una alianza occidental más amplia en la que las principales potencias europeas, y en particular la República Federal de Alemania, eran socios dispuestos y rentables. Bajo los cancilleres Adenauer, Erhard y Kiesinger, el gobierno de Alemania Occidental cultivó estrechas relaciones con el régimen del sha. Alemania era un importante socio comercial e inversor en infraestructura iraní. El gobierno de Alemania Occidental recibió al sha con todos los honores de un aliado democrático, a pesar de su historial bien documentado de represión política, tortura y asesinato. El sha era anticomunista, tenía petróleo que vender, y eso era suficiente.

Estudiantes protestan contra el sha de Irán, Berlín Occidental, Alemania, 2 de junio de 1967 [Photo by Stiftung Haus der Geschichte / CC BY-SA 2.0]

La complicidad del Estado alemán en la dictadura del sha quedó claramente expuesta el 2 de junio de 1967, cuando el sha visitó Berlín Occidental durante la cancillería de Kurt Georg Kiesinger, antiguo miembro del Partido Nazi. Estudiantes e iraníes exiliados organizaron una protesta cerca de la Deutsche Oper, donde el sha asistía a una representación de La flauta mágica de Mozart. Agentes de la SAVAK, la policía secreta del sha, que operaban bajo la protección de la policía berlinesa, atacaron a los manifestantes con bastones de madera.

La policía entonces puso en marcha lo que el periodista Sebastian Haffner describió como “un pogromo planeado a sangre fría, de un tipo que seguía siendo una excepción incluso en los campos de concentración del Tercer Reich”. El conservador Frankfurter Allgemeine Zeitung concluyó que la policía había “respondido sin ninguna necesidad seria con la brutalidad planificada que se asocia con los reportajes periodísticos de países fascistas o semifascistas”.

Durante el asalto, Benno Ohnesorg, un estudiante de 26 años, casado y con su esposa a punto de tener su primer hijo, que asistía a su primera manifestación política, fue acorralado en un patio. Tres policías lo sujetaron mientras el detective Karl-Heinz Kurras le disparó en la nuca. Ohnesorg estaba desarmado y no había atacado a nadie. Se falsificaron los registros hospitalarios y se intentó ocultar la herida de bala. Kurras fue juzgado y absuelto. No fueron los métodos del jefe de policía de Berlín Occidental los que resultaron anómalos; Erich Duensing había sido oficial de Estado Mayor en la Wehrmacht durante la Alemania nazi.

El asesinato de Benno Ohnesorg se convirtió en el detonante del movimiento estudiantil alemán y de la radicalización generalizada de 1968. Sin embargo, para los fines de esta conferencia, su significado reside en otro lugar. Demostró que el aparato represivo del sha operaba no solo dentro de Irán, sino también en las calles de las capitales occidentales, con la complicidad activa de los gobiernos occidentales. La dictadura que Estados Unidos había instaurado en 1953 se mantenía no solo con armas y dinero estadounidenses, sino también con el apoyo de toda la alianza imperialista occidental.

Cuando estalló la revolución en enero-febrero de 1979, representó una de las derrotas estratégicas más devastadoras sufridas por el imperialismo estadounidense en la posguerra, comparable en sus consecuencias, aunque no en su forma, a la pérdida de China en 1949. En cuestión de semanas, Estados Unidos perdió a su aliado regional más poderoso, su principal plataforma de inteligencia con vista a la frontera sur de la Unión Soviética, su mayor comprador de armas, su gendarme del golfo Pérsico y el marco de cooperación mediante el cual el capital estadounidense y británico extraía la riqueza petrolera iraní. Toda la estructura del poder estadounidense en la región del golfo, meticulosamente construida desde 1946, se derrumbó.

Una manifestación en Irán contra el sha en el puente Universitario, Teherán, 1978 [Photo by Unknown]

La revolución fue impulsada por décadas de agravios acumulados contra la autocracia del sha, su policía secreta SAVAK, la enorme corrupción de la corte real, las perturbaciones producidas por una modernización rápida pero desigual y la asfixiante desigualdad de una sociedad en la que la riqueza petrolera enriquecía a una pequeña élite mientras millones vivían en la pobreza. Pero Estados Unidos era inseparable del sha en la conciencia popular iraní. El golpe de Estado de 1953 era un recuerdo vivo. Las decenas de miles de militares y empleados corporativos estadounidenses en el país eran una presencia visible a diario. La revolución, cualesquiera que fueran sus dinámicas internas, se vivió inevitablemente como una liberación de la dominación estadounidense.

Es esta derrota —y no ninguna acción posterior de Irán— la que explica la campaña de hostilidad de 46 años que siguió. Estados Unidos nunca ha aceptado el resultado de la Revolución iraní. Cada política posterior —el apoyo a Irak en la guerra Irán-Irak, la destrucción de la armada iraní, el derribo de un avión civil, las décadas de sanciones, el asesinato de Soleimani, el bombardeo de instalaciones nucleares y ahora la guerra a gran escala de 2026— ha estado dirigida a un único objetivo: revertir la derrota estratégica de 1979, ya sea sometiendo a Irán nuevamente al control estadounidense o destruyendo su capacidad para funcionar como un Estado independiente.

La Doctrina Carter de 1980, anunciada tras la revolución y la invasión soviética de Afganistán, declaró que cualquier intento de una fuerza externa por controlar la región del golfo Pérsico sería considerado un ataque contra los intereses vitales de Estados Unidos y sería repelido por la fuerza militar. Esta doctrina nunca ha sido derogada.

En enero de 2002, Bush designó a Irán como parte de un 'Eje del Mal', en un momento en que Irán cooperaba activamente con Estados Unidos contra los talibanes. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2006 advirtió que se tomarían 'todas las medidas necesarias' contra Irán. La estrategia de 2017 incluyó a Irán, junto con Corea del Norte, en la lista de Estados paria. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025, como se mencionó anteriormente, designó a Irán como un 'enemigo declarado' e identificó la energía del golfo como un interés fundamental para Estados Unidos. La Ley de Autorización de Defensa Nacional de 2026, aprobada con apoyo bipartidista del Congreso, designó a Irán como un adversario de Estados Unidos.

Irán ha figurado entre los cinco países más citados en todos los documentos estratégicos desde 2006. Esto no se debe a ningún presidente ni partido en particular, ni es producto del lobby israelí. Se trata de un consenso institucional del aparato de seguridad nacional estadounidense, mantenido durante cuatro décadas, basado en los intereses materiales del capitalismo estadounidense en los recursos energéticos del golfo Pérsico y la hegemonía militar regional.

Los intereses geopolíticos y económicos que impulsan la política estadounidense hacia Irán permanecen ocultos para el pueblo estadounidense. En la narrativa imperialista que domina los medios de comunicación de EE. UU., Irán es presentado como el agresor despiadado contra una América inocente. Según esta narrativa, el 'terrorismo' iraní comenzó con la toma no provocada de la Embajada estadounidense en Teherán y el secuestro de rehenes en noviembre de 1979.

El detonante inmediato de la crisis de rehenes que formalizó la ruptura entre Estados Unidos e Irán merece un examen minucioso, porque revela los intereses de clase que impulsaron la política estadounidense desde el principio.

Tras la huida del sha de Irán en enero de 1979, el presidente Carter se negó inicialmente a admitirlo en Estados Unidos. Carter deseaba establecer relaciones con el nuevo gobierno y su propio personal de la Embajada le advirtió que admitir al sha pondría en peligro a los diplomáticos estadounidenses en Teherán. El encargado de negocios, Bruce Laingen, advirtió explícitamente que el riesgo de que la Embajada fuera tomada era alto. El propio Carter, en una reunión clave, preguntó a sus asesores qué le aconsejarían hacer “después de que la Embajada fuera tomada”, reconociendo que comprendía las probables consecuencias.

Lo que hizo cambiar de opinión a Carter no fue el humanitarismo, sino una campaña de presión constante organizada por David Rockefeller, presidente del Chase Manhattan Bank. El equipo de Rockefeller denominó a la operación 'Proyecto Águila'. Movilizó a Henry Kissinger, presidente de un consejo asesor de Chase; a John J. McCloy, futuro presidente de Chase y asesor de ocho presidentes; a Archibald Roosevelt Jr., ejecutivo de Chase y exagente de la CIA, cuyo primo había orquestado el golpe de Estado de 1953; y a Richard Helms, exdirector de la CIA y exembajador en Irán. La coincidencia entre la red de la CIA que había instalado al sha en 1953 y la red bancaria que presionó para proteger su inversión en su régimen no fue casual. Se trataba de la misma red.

El interés financiero de Rockefeller era directo y sustancial. Chase poseía más de mil millones de dólares en activos iraníes. El nuevo gobierno iraní exigía la devolución de estos activos. Una retirada de tal magnitud podría haber provocado una crisis de liquidez para un banco que ya atravesaba dificultades financieras. Rockefeller tenía motivos de sobra para impedir la normalización de las relaciones entre Estados Unidos e Irán.

Carter también fue engañado sobre el estado de salud del sha. Le dijeron que el sha estaba al borde de la muerte y que solo podía ser tratado en Nueva York. El médico que lo examinó confirmó posteriormente que ninguna de las dos afirmaciones era cierta. El tratamiento podría haberse proporcionado en cualquier lugar, incluido México, donde el sha ya residía. El 21 de octubre de 1979, Carter admitió al sha. Doce días después, la Embajada fue tomada.

Tras la toma, las acciones de Chase agravaron aún más la crisis. El banco se negó a aceptar un pago de intereses de 4 millones de dólares procedente de Irán en su fecha de vencimiento, luego declaró unilateralmente al gobierno iraní en mora sobre la totalidad del préstamo sin consultar a los demás bancos del consorcio y se apropió de las cuentas iraníes. La Casa Blanca no fue informada con antelación. El Comité Especial de Coordinación se movilizó rápidamente a la Sala de Crisis para abordar una crisis que un banco privado había intensificado por iniciativa propia.

La crisis de los rehenes se convirtió en el motivo fundacional de la hostilidad estadounidense hacia Irán. Pero su causa inmediata fue una decisión impulsada por los intereses financieros del capital estadounidense, específicamente, la determinación del Chase Manhattan Bank y su presidente de proteger miles de millones de dólares en activos vinculados al derrocado sha.

Un año después de la revolución, Irak invadió Irán en septiembre de 1980, y Estados Unidos se puso del lado del agresor. La administración Reagan determinó que la derrota de Irak sería contraria a los intereses estadounidenses en el golfo Pérsico. Una Directiva de Decisión de Seguridad Nacional de noviembre de 1983 explicitó el objetivo: proyectar la fuerza militar estadounidense en el golfo y proteger el suministro de petróleo.

El 20 de diciembre de 1983, el presidente Reagan envió a Donald Rumsfeld a Bagdad como su enviado especial. Rumsfeld se reunió con Sadam Huseín durante 90 minutos, y ambos se estrecharon la mano ante las cámaras, un gesto que se convirtió en una de las imágenes icónicas de la política exterior estadounidense. En el momento de la visita de Rumsfeld, Estados Unidos sabía en secreto que Irak utilizaba armas químicas contra soldados iraníes casi a diario. Existen pruebas de que la información de inteligencia proporcionada por Estados Unidos en el campo de batalla ayudó a Irak a calibrar sus ataques con gas de forma más eficaz. Rumsfeld no planteó el tema de las armas químicas a Sadam. Las relaciones diplomáticas plenas entre Washington y Bagdad se restablecieron 11 meses después.

En 1984, la administración Reagan eliminó a Irak de la lista de países patrocinadores del terrorismo del Departamento de Estado, el mismo año en que incluyó a Irán en dicha lista. Posteriormente, el Comité Bancario del Senado de Estados Unidos documentó que las administraciones de Reagan y George H. W. Bush autorizaron la venta a Irak de artículos de doble uso, incluidos precursores químicos y agentes biológicos como el ántrax y la peste bubónica. La administración también orquestó la venta de helicópteros Bell, supuestamente para uso civil; el ejército de Sadam Huseín los utilizó para atacar a civiles kurdos con gas venenoso en 1988.

Cuando el Senado estadounidense aprobó por unanimidad duras sanciones contra Irak en respuesta al ataque con gas contra los kurdos, la Casa Blanca bloqueó la medida. Estados Unidos defendió el uso de armas químicas por parte de Huseín hasta el mismo día en que Irak invadió Kuwait en agosto de 1990.

Como Sadam Huseín debió haber previsto, su colaboración con el imperialismo estadounidense no lo protegió de las represalias de Estados Unidos tras sus transgresiones contra los intereses petroleros estadounidenses en Kuwait. Finalmente, la vida de Huseín terminó a manos de los estadounidenses.

En 1987, Estados Unidos lanzó la Operación Earnest Will para escoltar petroleros kuwaitíes —Kuwait era uno de los principales patrocinadores financieros de Irak— a través del golfo Pérsico. En abril de 1988, Estados Unidos lanzó la Operación Praying Mantis, la mayor operación naval estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, que destruyó una parte importante de la armada iraní. Tres meses después, el USS Vincennes derribó el vuelo 655 de Iran Air, un avión civil con destino a Dubái, causando la muerte de los 290 pasajeros y tripulantes. Estados Unidos nunca se disculpó formalmente. El comandante del avión fue condecorado posteriormente con la Legión al Mérito.

Paralelamente a la violencia militar, Estados Unidos libró una guerra de destrucción económica que ha sido continua y acumulativa desde 1979.

La administración Clinton impuso un embargo comercial integral entre 1995 y 1996 e introdujo sanciones secundarias, el primer intento de controlar el comportamiento comercial de terceros países. La escalada decisiva se produjo entre 2010 y 2012, cuando la administración Obama aprovechó el dominio del dólar para obligar a los países a reducir sus importaciones de petróleo iraní o perder el acceso al sistema financiero estadounidense. Las exportaciones de petróleo iraní cayeron de 2,2 millones de barriles diarios a 860.000. La economía se contrajo un 6,6 por ciento en 2012. El rial se desplomó. La inflación alcanzó el 45 por ciento.

El acuerdo nuclear de 2015, el JCPOA, proporcionó un breve respiro: un crecimiento del PIB del 12,5 por ciento en 2016. Luego, Trump se retiró del acuerdo en 2018, a pesar del cumplimiento de Irán, y reimpuso todas las restricciones. Las exportaciones de petróleo se desplomaron en más del 60 por ciento. El rial cayó de 37.000 por dólar a más de 120.000. El PIB per cápita se redujo de 8.000 a 5.000 dólares entre 2012 y 2024. Para 2024, el 57 por ciento de los iraníes sufrían desnutrición. Siete millones padecían hambre.

Según la evaluación del Servicio de Investigación del Congreso, las sanciones estadounidenses contra Irán constituyen “posiblemente el conjunto de sanciones más extenso y completo que Estados Unidos mantiene contra cualquier país”. Afectan a todos los sectores principales de la economía iraní. Como señaló un investigador de sanciones: “Las sanciones económicas hacen que los regímenes autoritarios sean aún más autoritarios”. Las sanciones erosionaron la clase media iraní al tiempo que fortalecieron el aparato de seguridad del Estado.

Esta guerra marca un punto de inflexión irrevocable. El mundo que existía antes del 28 de febrero de 2026 ha desaparecido. La criminalidad de todo el “orden internacional basado en normas” ha quedado al descubierto ante el mundo. Una nación entera ha sido sometida a bombardeos masivos por parte del ejército más poderoso del mundo, en un acto de agresión no provocada, mientras la “comunidad internacional” observa en silencio o muestra su complicidad.

Consideremos la trayectoria histórica. Cuando la Alemania nazi bombardeó la ciudad vasca de Guernica en abril de 1937, todo el mundo se horrorizó. Picasso pintó su obra maestra en respuesta. Cuando la Luftwaffe bombardeó Rotterdam en mayo de 1940, matando a casi 900 personas, fue denunciado como un acto de barbarie que conmocionó a la opinión pública. Hoy, Estados Unidos e Israel llevan a cabo una campaña aérea sostenida contra ciudades iraníes —más de mil civiles muertos, miles de edificios reducidos a escombros, una escuela de niñas destruida— y la respuesta del llamado mundo democrático es condenar a Irán por responder al bombardeo.

Esto no se trata de una advertencia sobre la Tercera Guerra Mundial, como si fuera una eventualidad futura que aún pudiera evitarse apelando a la razón o eligiendo mejores líderes. Estamos presenciando su rápida intensificación. Ucrania, Gaza, Venezuela e Irán no son conflictos aislados. Son frentes de una única guerra global librada por el imperialismo estadounidense y sus aliados para reorganizar el mundo bajo su control hegemónico, abolir los últimos vestigios de las revoluciones sociales y democráticas del siglo XX y aplastar, por la fuerza, a cualquier Estado o movimiento que se resista a someterse a los dictados de Washington y Wall Street.

Vivimos en un mundo que Lenin, Luxemburgo, Liebknecht y, sobre todo, Trotsky comprenderían perfectamente. Las mismas contradicciones que analizaron —entre el carácter global de las fuerzas productivas y el sistema de Estados nación, entre el carácter social de la producción y la apropiación privada de la riqueza, entre el afán de dominio de cada potencia imperialista y la imposibilidad de que una sola potencia alcance una hegemonía indiscutible— están conduciendo al mundo hacia la catástrofe con la misma lógica implacable que describieron hace un siglo.

La lucha contra la guerra es una cuestión internacional. No puede librarse únicamente dentro de las fronteras nacionales ni puede confiarse a ningún gobierno existente. Ninguna protesta, por masiva que sea, dirigida contra los Estados capitalistas actuales detendrá la escalada bélica. Las manifestaciones masivas de 2003 no detuvieron la invasión de Irak. La indignación mundial contra el genocidio en Gaza tampoco la detuvo. Los llamamientos al “orden basado en normas” no detendrán el bombardeo de Irán. No detendrán la implacable escalada hacia la guerra nuclear.

La cuestión decisiva —la única cuestión importa en última instancia— es el desarrollo de un liderazgo revolucionario en la clase obrera internacional. Esta no es una idea nueva. Fue la conclusión central a la que llegó León Trotsky tras las catástrofes de la primera mitad del siglo XX, y no ha perdido vigencia. En el documento fundacional de la Cuarta Internacional, el Programa de Transición de 1938, Trotsky escribió:

Todo discurso que afirma que las condiciones históricas aún no son propicias para el socialismo es producto de la ignorancia o del engaño deliberado. Los requisitos objetivos para la revolución proletaria no solo se han consolidado, sino que han comenzado a podrirse. Sin una revolución socialista, y más aún en el próximo periodo histórico, una catástrofe amenaza a toda la cultura humana. El foco ahora está en el proletariado, es decir, principalmente en su vanguardia revolucionaria. La crisis histórica de la humanidad se reduce a la crisis de la dirección revolucionaria.

Esa valoración, escrita en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, define con aún mayor precisión la crisis actual. Las condiciones objetivas para el derrocamiento del capitalismo no solo están maduras, sino que, como advirtió Trotsky, comienzan a podrirse. La alternativa no es reforma o revolución, sino revolución o catástrofe. La tarea de construir la dirección revolucionaria de la clase obrera —el Comité Internacional de la Cuarta Internacional y sus secciones— es la tarea política urgente, primordial e ineludible de nuestro tiempo.

(Artículo publicado originalmente en inglés el 25 de marzo de 2026)

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