La amenaza del presidente estadounidense Donald Trump de bombardear Irán hasta devolverlo a la Edad de Piedra no ha suscitado ninguna reacción en los medios de comunicación europeos o, en el mejor de los casos, solo un encogimiento de hombros. La amenaza de Trump de destruir el sustento de un país con 90 millones de habitantes y una cultura de 5.000 años de antigüedad no fue considerada digna de protesta por ninguno de los editorialistas y comentaristas que, por lo demás, no pueden callarse la boca cuando se trata del presidente ruso Putin.
Trump lanzó esta amenaza en varias ocasiones a través de sus tuits y, el miércoles, también en un discurso televisado dirigido al pueblo estadounidense. «Vamos a golpearlos con extrema dureza durante las próximas dos o tres semanas. Vamos a enviarlos de vuelta a la Edad de Piedra», afirmó.
No hay duda de que Trump se toma esta amenaza en serio. La única pregunta es hasta dónde llegará. ¿Llegará incluso a utilizar armas nucleares? No se puede descartar.
Desde el inicio de la guerra, solo Israel ha lanzado más de 6.500 bombas sobre Irán; es probable que el número de bombas estadounidenses sea aún mayor. Ya han muerto miles de personas y hay decenas de miles de heridos. La destrucción de los campos petroleros, las centrales nucleares y los suministros de energía y agua con la que amenaza Trump, junto con la destrucción de hospitales, escuelas e instalaciones industriales que ya ha comenzado, condenaría a millones más al hambre, la enfermedad y la muerte.
No son solo las acciones de Trump, sino también su lenguaje lo que recuerda las políticas genocidas de los nazis. Poco antes del inicio de la guerra de aniquilación contra la Unión Soviética, el jefe de propaganda de Hitler, Goebbels, escribió en su diario: «Será una ofensiva masiva a la mayor escala, probablemente la más poderosa que la historia haya visto jamás… El bolchevismo se derrumbará como un castillo de naipes. Estamos al borde de un triunfo sin precedentes».
Sin embargo, nada de esto es considerado digno de comentario por los formadores de opinión en las redacciones. Informaron sobre la amenaza de Trump de la «Edad de Piedra», en algunos casos incluso en los titulares. ¿Pero indignación o disidencia? Ninguna en absoluto. A lo sumo, les preocupan las consecuencias para los precios del petróleo, las cotizaciones bursátiles y el futuro de la OTAN.
El F.A.Z., portavoz de la Bolsa de Fráncfort, incluso trató de detectar un atisbo de moderación en el discurso incendiario de Trump. «Tras la dura retórica de los últimos días, Donald Trump se muestra relativamente moderado en su primer discurso en directo sobre la guerra en Irán», afirmaba. «Relativamente comedido, relativamente breve, pero sobre todo con relativamente poca información nueva».
El tabloide alemán Bild citó las amenazas de Trump extensamente y sin críticas, y lo acusó de mantener en la vaguedad «su estrategia futura, especialmente en lo que respecta a los 440 kilos de uranio apto para bombas nucleares».
El periódico sueco Dagens Nyheter señaló con alivio que Trump no repitió en su discurso la amenaza de abandonar la OTAN. «De hecho, no se dijo nada nuevo en absoluto», escribió.
El polaco Rzeczpospolita concluyó: «El discurso nocturno del presidente de EE. UU. no fue nada revolucionario. Ni en lo que respecta a la guerra contra Irán, ni a los precios del petróleo, ni al futuro de la OTAN».
El austriaco Standard llamó a Trump «el presidente improvisado» y lo acusó de no haber logrado, en su «discurso monótono y débil», «reunir a su propio pueblo detrás de él», «unir a sus socios internacionales», «establecer objetivos estratégicos concretos» y «amenazar con enviar tropas terrestres».
El estonio Postimees llegó incluso a comparar el discurso de Trump con una broma fallida del Día de los Inocentes. El periódico belga La Capitale también bromeó: «¿Sabes por qué los periódicos ya no publican bromas del Día de los Inocentes? Porque con Donald Trump, todos los días son 1 de abril».
El silencio ante un delito capital equivale a consentimiento. Esto se aplica no solo a los medios de comunicación, sino también a la política oficial. Los gobiernos europeos son cómplices de los crímenes de guerra de Trump.
Tres días después de que comenzara la guerra, el canciller alemán Merz se sentó en el Despacho Oval y le aseguró a Trump su apoyo. Ramstein y otras bases militares en Alemania, que son indispensables para la guerra de EE. UU., están disponibles para su uso sin restricciones. La seguridad de Israel sigue siendo un «interés nacional alemán», incluso después del genocidio en Gaza, el ataque a Irán y el bombardeo y la ocupación del Líbano.
Esta postura también cuenta con el respaldo de los Verdes y del partido La Izquierda. El líder del grupo parlamentario del partido La Izquierda en el Bundestag (el Parlamento Federal de Alemania), Sören Pellmann, restó importancia al discurso de Trump: «Muchos anuncios, poco contenido». Según Pellmann, las amenazas de Trump no son más que palabrería. Al fin y al cabo, no anunció el despliegue de tropas terrestres ni volvió a amenazar con retirarse de la OTAN, señaló.
El primer ministro británico Starmer invitó ayer a 40 países a una reunión en línea sobre la reapertura del estrecho de Ormuz, en la que también participaron Alemania y Francia. Además de medidas diplomáticas y políticas, también se discutió la acción militar. Las potencias europeas se están preparando para ocupar el estrecho de Ormuz con sus propias tropas.
Por eso no condenan la amenaza «de la Edad de Piedra» de Trump. No se están doblegando ante el criminal de la Casa Blanca, sino que ellos mismos están preparando crímenes similares. La normalización de los crímenes de guerra es el subproducto inevitable de la militarización de la política exterior en la lucha por la redistribución imperialista del mundo.
Esto no comenzó con la reciente guerra contra Irán. Ahora queda más claro por qué el Sozialistische Gleichheitspartei (Partido Socialista por la Igualdad, SGP) y su organización juvenil, la JEIIS (Jóvenes y Estudiantes Internacionales por la Igualdad Social), se convirtieron en blanco de una virulenta campaña de desprestigio por parte de la prensa burguesa hace más de diez años por criticar al historiador de extrema derecha Jörg Baberowski.
Baberowski había declarado en Der Spiegel en ese momento que Hitler no era cruel, y había justificado los crímenes de guerra en una reunión en el Museo Histórico Alemán.
Allí afirmó que, para participar en las guerras contra los talibanes en Afganistán y el Estado Islámico en Irak y Siria, hay que estar dispuesto a «tomar rehenes, quemar aldeas, ahorcar a personas y sembrar el miedo y el terror, tal como lo hacen los terroristas». De lo contrario, uno debería mantenerse al margen.
En aquel momento, la JEIIS estableció un vínculo directo entre la propaganda de Baberowski a favor de los crímenes de guerra y los planes del gobierno alemán de rearmar a Alemania como una gran potencia militar. Casi todos los medios de comunicación y los profesores se alinearon con Baberowski, mientras que la JEISS recibió un fuerte apoyo de los estudiantes y sus representantes.
Diez años y varias guerras después, la conciencia jurídica en los medios de comunicación ha caído tan bajo que incluso el llamado de Trump a bombardear a un país de 90 millones de personas hasta devolverlo a la Edad de Piedra se acepta sin pestañear.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 2 de abril de 2026)
