El viernes, la administración Trump presentó un plan presupuestario centrado en un aumento drástico del gasto militar. En su solicitud de presupuesto para el año fiscal 2027, la Casa Blanca pide al Congreso que apruebe aproximadamente 1,5 billones de dólares para 'defensa' —es decir, para la agresión militar—, lo que representaría el mayor gasto militar de la historia moderna. Esto supone un asombroso aumento del 40 por ciento con respecto al ya récord de gasto del Pentágono.
Este es un presupuesto para la Tercera Guerra Mundial. Se presenta mientras Trump cumple —e intensifica— su promesa de bombardear Irán hasta reducirlo a la Edad de Piedra, es decir, destruir la infraestructura de la vida civilizada en un país de más de 90 millones de habitantes. La solicitud para el año fiscal 2027 contempla 1,1 billones de dólares en gasto base, además de cientos de miles de millones más en financiación obligatoria para municiones y la expansión de la 'base industrial de defensa'.
El documento exige 65.800 millones de dólares para la construcción naval con el fin de adquirir 18 buques de combate y 16 buques de apoyo, y anuncia la “Flota Dorada del Presidente Trump”, que incluye financiación para un “acorazado clase Trump” y “fragatas de última generación”, al tiempo que mantiene o incrementa la adquisición de plataformas principales. Impulsa el sistema de defensa antimisiles “Cúpula Dorada”, que incluye sensores e interceptores espaciales, y simultáneamente acelera el “dominio de los drones”, los “sistemas no tripulados y contra drones”, así como las “inversiones históricas” en inteligencia artificial.
En el centro de todo está la preparación para confrontaciones que van mucho más allá de Irán: el cerco cada vez más estrecho a China y la expansión de su programa nuclear, así como de sus sistemas de mando, control y comunicaciones nucleares. El presupuesto se jacta de avanzar 'agresivamente' hacia el caza F-47 de sexta generación para 'proyectar poder en cualquier parte del mundo', y presenta todo el despliegue como un cambio consciente de los sistemas 'tradicionales' hacia capacidades de última generación diseñadas para ganar las 'guerras del siglo XXI'.
Cuando Trump promete una destrucción propia de la 'Edad de Piedra', esta solicitud de 1,5 billones de dólares es el mecanismo financiero para construir la maquinaria tecnológicamente más avanzada para llevar a cabo un proyecto de regresión histórica.
¿Cómo se va a financiar esto? Mediante un ataque masivo contra los derechos sociales de la clase trabajadora.
La propuesta presupuestaria incluye recortes por valor de 73.000 millones de dólares en agencias nacionales, dirigidos a programas de vivienda, educación y cambio climático. Promueve recortes que debilitan incluso las mínimas restricciones regulatorias a la explotación empresarial: por ejemplo, la reducción de fondos para la ya precaria Administración de Seguridad y Salud Ocupacional (OSHA, por sus siglas en inglés) en medio de una ola de muertes en lugares de trabajo; recortes en vivienda y desarrollo urbano; y reducciones en el Departamento de Salud y Servicios Humanos, incluidos programas que ayudan a las familias trabajadoras a pagar la calefacción y las necesidades básicas.
Pero estos recortes no bastan para financiar la magnitud de la escalada militar que exige Trump. Un presupuesto de guerra de 1,5 billones de dólares, sumado a un déficit y una deuda ya de por sí enormes —producto de guerras interminables y subvenciones a los bancos—, requiere mucho más que recortar gastos discrecionales. Apunta directamente a los programas sociales básicos —Medicare, Medicaid, Seguridad Social— porque son las únicas partidas presupuestarias lo suficientemente grandes como para ser objeto de recortes drásticos.
Este es el significado de las declaraciones filtradas de Trump durante un almuerzo privado de Pascua la semana pasada, donde afirmó sin rodeos que los programas sociales deben sacrificarse porque “estamos en guerra”. Trump exigió: “No envíen dinero para guarderías… Estamos en guerra. No podemos ocuparnos de las guarderías”, y añadió: “No nos es posible ocuparnos de las guarderías, Medicaid ni Medicare… Tenemos que ocuparnos de una cosa: la protección militar”.
Aquí, como se suele decir, Trump se fue de la lengua. Durante más de tres décadas, bajo gobiernos tanto demócratas como republicanos, la clase dominante ha llevado a cabo un ataque sistemático contra las reformas sociales del siglo XX, que fueron arrebatadas mediante una dura lucha de clases y cedidas, en parte, por temor a una revolución social. Desde la declaración de Clinton de que 'acabaría con el sistema de bienestar tal como lo conocemos', pasando por la 'reforma sanitaria' de Obama, favorable a las grandes empresas, afirmando los intereses de las aseguradoras, hasta la implacable degradación de la educación pública, la dirección ha sido la misma.
Pero el 'dinero de verdad' reside en los principales programas sociales que constituyen las garantías mínimas de la vida moderna para decenas de millones de personas: la Seguridad Social, establecida durante la Gran Depresión y de la que dependen más de 70 millones de personas, y Medicare y Medicaid, establecidos en la década de 1960. Medicare cubre a aproximadamente 68 millones de personas, y Medicaid y el Programa de Seguro Médico Infantil cubren juntos a más de 75 millones, incluidos unos 36 millones de niños.
En los círculos gobernantes se entiende desde hace tiempo que estos programas deben estar dirigidos a financiar el militarismo y enriquecer a la oligarquía financiera. El Wall Street Journal ha expuesto sin rodeos la lógica de clase subyacente: la 'verdadera elección' es entre 'armas' y 'privilegios desmedidos', es decir, entre la guerra imperialista y los derechos sociales de la clase trabajadora.
La implementación de este programa solo es posible mediante el establecimiento de una dictadura policial despiadada. Este es el contenido de clase esencial del despliegue paramilitar de la policía de inmigración, el asesinato de Renée Nicole Good y Alex Pretti a manos del ICE, el fomento de la violencia fascista y la criminalización de la disidencia. Como escribió ayer el WSWS: “Un gobierno que brutaliza a poblaciones en el extranjero empleará los mismos métodos en su propio país. Los métodos desarrollados en la guerra imperialista encuentran su contraparte en la vida interna”. La guerra y la dictadura son dos frentes de la misma guerra de clases.
Al igual que en la guerra, en política interna Trump actúa como portavoz de la oligarquía. Expresa de la forma más despiadada y sin tapujos una política de clase que cuenta con el apoyo tanto de demócratas como de republicanos.
Los demócratas responden a las propuestas presupuestarias de Trump con las habituales declaraciones hipócritas y poco sinceras, pero respaldan la esencia clasista del programa. Han votado a favor de los enormes presupuestos militares y de inteligencia que financian la maquinaria bélica que Trump ahora expande sin restricciones. Incluso mientras la administración construye un aparato interno de intimidación y terror, los senadores demócratas votaron unánimemente el 27 de marzo a favor de una medida de financiación del DHS que eliminaba incluso las mínimas restricciones impuestas al ICE y a la Patrulla Fronteriza.
Los demócratas apoyan el ataque a los programas sociales porque defienden el sistema capitalista que lo exige. Cabe sentir un desprecio particular por la llamada 'izquierda' del Partido Demócrata. Es importante recordar que el tan cacareado pacto entre Zohran Mamdani, alcalde de Nueva York y miembro de los Socialistas Democráticos de Estados Unidos, y Trump se basaba en un supuesto acuerdo para que Trump apoyara la 'agenda de asequibilidad' de Mamdani. Resulta que esta 'agenda' implica la destrucción de los programas sociales para librar una guerra e instaurar una dictadura.
La implementación de la política de la oligarquía generará, y de hecho ya está generando, una resistencia explosiva. Esto quedó patente en las manifestaciones del 28 de marzo bajo la consigna 'Sin Reyes', que congregaron a millones de personas en las calles en la muestra más amplia hasta la fecha de oposición popular a la guerra, la dictadura y la reacción social.
También se manifiesta en el incipiente movimiento huelguístico y la creciente ola de luchas laborales. La guerra en sí está acelerando la oposición social, intensificando las presiones inflacionarias, desviando recursos a una escala colosal y profundizando la inestabilidad económica. Además, los trabajadores en Estados Unidos están horrorizados masivamente por la violencia que se ejerce contra el pueblo iraní.
Trump está dejando al descubierto, de la forma más brutal e inequívoca, lo que los marxistas llevan explicando desde hace tiempo: el Estado capitalista es un instrumento de dominación de clase. Una oligarquía rapaz y criminal utiliza el poder del Estado para librar guerras en el extranjero, destruir programas sociales en el país y establecer un Estado policial.
La cuestión decisiva es cómo se organizará la oposición. El Partido Socialista por la Igualdad insiste en que debe organizarse mediante la lucha de clases, movilizando el poder social independiente de la clase trabajadora. La defensa de los programas sociales y de todos los derechos democráticos fundamentales no puede separarse de la lucha contra la guerra imperialista.
La tarea consiste en desarrollar un movimiento político consciente de la clase trabajadora, independiente tanto de los partidos capitalistas como del aparato sindical, y unido internacionalmente. Esto implica confrontar la fuente del poder: los oligarcas y las gigantescas corporaciones que controlan. Para ello se requiere un programa socialista: la expropiación de los oligarcas y las gigantescas corporaciones que controlan, y la transformación de los recursos económicos decisivos de la sociedad en propiedad pública bajo control democrático.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 4 de abril de 2026)
