Minutos después de que agentes del Servicio Secreto sacaran a Donald Trump del escenario durante la cena de corresponsales de la Casa Blanca el sábado y detuvieran al presunto responsable de un tiroteo, la presidenta interina de Venezuela, Delcy Rodríguez, se convirtió en una de las primeras líderes mundiales en condenar públicamente el ataque.
En una publicación en X, declaró:
Rechazamos el intento de agresión contra el presidente Trump y su esposa, Melania, a quienes extendemos nuestros deseos de buena voluntad, así como a los asistentes a la Cena de Corresponsales. La violencia nunca será una opción para quienes defendemos las banderas de la paz.
Esta declaración fue una de las más grotescas de jefes de Estado. Al asociar a Trump con la “paz”, Rodríguez encubre la avalancha de crímenes de guerra que Washington perpetra en todo el mundo y directamente contra Venezuela.
El World Socialist Web Site se opone, por principios, al tipo de ataque perpetrado en el Washington Hilton. La violencia política cometida por individuos solo sirve para fortalecer a las fuerzas reaccionarias. Sin embargo, esta oposición no exige —ni permite— presentar a Trump, ni al imperialismo estadounidense en general, como una víctima ajena a su propia violencia sistémica.
De hecho, como en intentos de asesinato anteriores, Trump ya está aprovechando el incidente para criminalizar a la oposición e intensificar su autoritarismo. Sus esfuerzos por derrocar los procesos democráticos en Estados Unidos son inseparables de la campaña imperialista más amplia que busca recolonizar Latinoamérica. La declaración de Rodríguez, junto con una similar de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum, objetivamente apoya estos esfuerzos, brindando una cobertura política a las agresiones de Washington.
Hipocresía y el secuestro de Maduro
La hipocresía se hace aún más evidente al contrastarla con los recientes acontecimientos en la propia Venezuela. El 3 de enero, fuerzas militares estadounidenses llevaron a cabo una descarada operación para secuestrar al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. El asalto, en el que participaron tropas de fuerzas especiales fuertemente armadas que descendieron de helicópteros al amparo de la oscuridad, dejó más de 100 muertos y un número similar de heridos, entre ellos civiles.
La operación se ejecutó con una brutalidad escalofriante. Soldados equipados con tecnología avanzada descendieron en rápel a recintos fortificados, abatiendo a guardias venezolanos y cubanos sin sufrir bajas. El ataque fue precedido por un bombardeo que sumió a Caracas en la oscuridad. Los residentes describieron una ciudad sitiada, con explosiones que resonaban en la noche y helicópteros sobrevolando tan cerca que los edificios temblaban.
“El apartamento temblaba, las puertas, las ventanas. En ese momento no sabía que el ataque era sólo contra objetivos militares…. 'Vamos a morir' y exploté en llanto”, declaró una residente a la BBC.
Otro relató: “Me asomé por la ventana con cuidado y vi los misiles. Eran como rayos láser que explotaban en la montaña de Fuerte Tiuna…'Guao, está pasando. Llegaron los gringos'”.
Los hospitales estaban desbordados. Un médico describió cómo se activaron los protocolos para víctimas en masa en un sistema sanitario colapsado. Los pacientes comenzaron a llegar a eso de las siete de la mañana, y el médico quedó traumatizado al ver a los heridos por las explosiones. “Me acordé de las muchas veces que hemos visto esas guerras en el Medio Oriente”, dijo, recordando los cuerpos cubiertos de tierra y sangre.
Las familias se armaron con lo que tenían a mano —cuchillos, palos de escoba— preparándose para defender sus hogares. La sangre en el búnker presidencial apenas se ha lavado y el estruendo de las bombas aún resuena en la mente de los venezolanos.
Sin embargo, Rodríguez, que representa al mismo gobierno que fue blanco de este acto de terror imperialista, ahora habla de Trump como una figura que merece protección en nombre de la paz.
Escalada de violencia imperialista
La operación de enero no fue un ataque aislado. La actividad militar estadounidense en la región se ha intensificado drásticamente. Los bombardeos se han extendido a aguas latinoamericanas y regiones fronterizas. Una operación conjunta entre Estados Unidos y Ecuador, denominada “Exterminio Total”, tuvo como objetivo zonas rurales, bombardeando viviendas y deteniendo a trabajadores agrícolas.
Simultáneamente, el Pentágono ha intensificado los ataques marítimos, especialmente en el Caribe y el Pacífico oriental. Se han enviado más aviones de ataque y drones MQ-9 Reaper a bases en El Salvador y Puerto Rico para llevar a cabo más ataques aéreos contra barcos pesqueros, que ya han causado la muerte de al menos 186 personas con el pretexto de combatir el narcotráfico desde septiembre.
Mientras tanto, Washington amenaza abiertamente con nuevas operaciones de cambio de régimen. Trump ha declarado que “Cuba es la siguiente” después de Irán.
Los ejercicios navales estadounidenses Flex2026, que se han iniciado cerca de Cuba, integran inteligencia artificial, sistemas no tripulados y fuerzas tradicionales para fortalecer la vigilancia y el control. Drones de reconocimiento como el MQ-4C Triton y aeronaves electrónicas como el RC-135 patrullan el espacio aéreo y las rutas marítimas cubanas, estrechando el cerco alrededor de la isla.
Dentro de Venezuela, la declaración de Rodríguez ha suscitado críticas incluso desde círculos chavistas, algunos de los cuales señalan que ignora la larga campaña de sanciones estadounidenses que ha causado más de 100.000 muertes adicionales y ha obligado a más de 8 millones de personas a huir del país.
Algunos analistas, sin embargo, sostienen que el gobierno simplemente está 'ganando tiempo', esperando mejores condiciones —precios del petróleo más altos, cambios geopolíticos o un levantamiento popular— para reafirmar su soberanía y defender los programas sociales. Pero tales ilusiones ya han quedado al descubierto.
La naturaleza clasista del chavismo
Esta trayectoria no representa una traición a los principios del chavismo, sino su consecuencia lógica. La llamada Revolución bolivariana, proclamada tras la elección de Hugo Chávez en 1998, representó a sectores de la burguesía nacional que buscaban mejores condiciones dentro del sistema capitalista global. Durante períodos de altos precios de las materias primas y de mayor vinculación con China, Rusia y otras potencias económicas, se utilizaron programas sociales limitados para contener la lucha de clases y negociar una mayor participación en las ganancias para la clase dirigente local.
Pero a medida que las condiciones cambiaron —en particular con la desaceleración de la economía china, el peso de las sanciones estadounidenses y las amenazas militares— estas mismas fuerzas capitularon, priorizando sus propios privilegios y el dominio de clase por encima de la clase trabajadora.
La realidad es que el gobierno venezolano ha trasladado sistemáticamente el peso de la crisis desde la caída de los precios del petróleo en 2014 a la clase trabajadora, implementando medidas de austeridad, manteniendo salarios de miseria y abriendo la economía al capital extranjero.
Las políticas previas al ataque del 3 de enero sentaron las bases de lo ocurrido desde entonces. En todo momento, Hugo Chávez y Nicolás Maduro priorizaron la defensa de las relaciones de propiedad capitalistas e hicieron concesiones al capital extranjero, ofreciendo al país como fuente de mano de obra barata y recursos naturales.
Hoy, el salario mínimo es de tan solo 130 bolívares al mes, aproximadamente 0,30 dólares. Las protestas que exigen salarios más altos han sido reprimidas con gases lacrimógenos, cañones de agua y policías antimotines. La promesa de Rodríguez de un aumento salarial “responsable” —para no alimentar la inflación— repite la conocida mentira de que los trabajadores, y no las empresas, son las culpables del aumento de los precios.
Lo que estamos presenciando es el desmantelamiento de toda forma de soberanía. El Estado venezolano se está transformando de facto en una marioneta del imperialismo estadounidense.
Los chavistas están implementando un programa que va más allá de lo que la desregulación y las privatizaciones lideradas por Milton Friedman y los Chicago Boys bajo la dictadura fascista-militar de Augusto Pinochet en Chile.
El petróleo, el oro y los minerales de tierras raras han sido privatizados y entregados a empresas extranjeras. Los ingresos por exportaciones se canalizan a través del Tesoro de Estados Unidos, que determina cuánto se destina a financiar al Estado venezolano.
El Banco Central ha contratado a firmas auditoras extranjeras como Deloitte —estrechamente vinculada al Pentágono y la CIA— para supervisar sus cuentas. Los acuerdos con Chevron, Shell, Repsol, Eni y BP afianzan aún más el control extranjero sobre las reservas petroleras del país, las mayores del mundo.
Incluso el Fondo Monetario Internacional vuelve a estar presente, y Rodríguez da la bienvenida a esta agencia imperialista de Wall Street solicitando un préstamo de 5 mil millones de dólares, lo que se sumaría a una deuda ya aplastante de 170 mil millones de dólares. Todos los latinoamericanos conocen la larga historia de los programas estructurales del FMI y su impacto en la pobreza y la desigualdad.
Ahora, El País publica el titular: '¿Ya has estado en Caracas ?: la pregunta que se hacen los inversores sobre Venezuela'.
El camino a seguir
Los acontecimientos en Venezuela confirman una lección fundamental: la burguesía nacional en los países oprimidos es incapaz de llevar a cabo tareas democráticas, incluyendo la independencia ante el imperialismo.
Esta realidad reivindica la Teoría de la Revolución Permanente propuesta por León Trotsky. Solo la clase trabajadora, liderando una transformación socialista de la sociedad, puede romper las cadenas de la dominación imperialista. Esto requiere no solo el derrocamiento de los Estados capitalistas a nivel nacional, sino también un movimiento internacional orientado a reestructurar la economía global para que sirva a las necesidades humanas, no el lucro ch privado.
La declaración de Rodríguez no es meramente hipócrita, sino sintomática de una crisis más profunda. Refleja un movimiento político que ha abandonado cualquier pretensión de resistencia al imperialismo y ahora busca congraciarse con las mismas fuerzas responsables del inmenso sufrimiento del pueblo al que decía representar.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 30 de abril de 2026)
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