Hace cien días, el 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una guerra de agresión ilegal contra Irán. La guerra la libran las potencias imperialistas más poderosas del mundo contra una nación históricamente oprimida.
La resistencia del pueblo iraní, a pesar del carácter reaccionario del régimen clerical, es políticamente legítima y de carácter heroico. La clase obrera internacional debe defender a Irán incondicionalmente contra el sometimiento imperialista.
Las “negociaciones” que actualmente lleva a cabo la administración Trump a punta de pistola son un fraude. En una entrevista este fin de semana, Trump declaró que, si Irán no acepta sus exigencias, “los voy a volar en pedazos”. Incluso si la administración Trump acepta un “alto el fuego”, cualquier acuerdo con los gánsteres de la Casa Blanca tendrá tanto valor como el acuerdo de “paz” de 2025 que preparó el terreno para la guerra de este año.
El domingo por la noche, Israel atacó Teherán. En Líbano, el bombardeo israelí, que se intensifica incluso en medio de las supuestas negociaciones, ha matado al menos a 3.593 personas y ha expulsado de sus hogares a más de un millón, una cifra que supera a los 3.468 iraníes muertos, entre ellos siete bebés y 376 niños, con más de 26.500 heridos.
En el transcurso de la guerra, el imperialismo ha alcanzado nuevas profundidades de barbarie. Las amenazas de Trump de extinguir “toda una civilización” y la promesa de Hegseth de librar la guerra “sin cuartel, sin piedad” pasarán a la historia como expresiones de una oligarquía que ha abandonado toda pretensión de legalidad. Las potencias imperialistas libran ahora guerras de opresión y sometimiento abiertamente, con métodos iniciados por los nazis.
Sin embargo, a pesar del carácter brutal y asesino de la embestida estadounidense-israelí, el imperialismo no ha logrado ni uno solo de sus objetivos. No ha derrocado al gobierno iraní, no ha quebrado a las fuerzas armadas iraníes ni se ha apoderado del estrecho de Ormuz.
La guerra ha tenido dos efectos principales: una profundización de la crisis global del sistema capitalista y una enorme escalada de la lucha de clases mundial, sobre todo dentro de Estados Unidos.
El desastre estadounidense en Irán ha acelerado la crisis del orden económico liderado por Estados Unidos. El Banco Central Europeo informó en junio que los bancos centrales están huyendo de los bonos del Tesoro estadounidense hacia el oro, que ha superado al euro como el segundo mayor activo de reserva: el 27 por ciento de las reservas mundiales, frente al 20 por ciento del año anterior. La deuda nacional de Estados Unidos ha superado los 39 billones de dólares.
Es la clase obrera —en Estados Unidos e internacionalmente— la que está pagando el costo de la guerra. El cierre del estrecho de Ormuz ha disparado el precio de la gasolina en más del 50 por ciento, el de productos básicos como los tomates en casi un 40 por ciento y la inflación al 3,8 por ciento, su nivel más alto desde 2023.
Trump se ha valido de la guerra para intensificar su asalto a los programas sociales, declarando en abril que “estamos librando guerras” y que, por lo tanto, “no nos es posible ocuparnos de las guarderías, Medicaid, Medicare, todas esas cosas particulares”. El Programa Mundial de Alimentos advirtió que la guerra podría empujar a 45 millones de personas adicionales al hambre aguda, un nivel récord, siendo los países más pobres y dependientes de importaciones de África y Asia los más golpeados.
En respuesta al aumento de precios y a la escalada de la crisis del costo de vida, la clase obrera ha comenzado a luchar. Los últimos tres meses han visto un crecimiento significativo de la lucha de la clase obrera en Estados Unidos: la primera huelga ferroviaria en Long Island en más de tres décadas; un paro de tres semanas de 3.800 trabajadores de la industria cárnica en JBS en Greeley, Colorado, la primera en el sector en más de 40 años; huelgas de docentes en California y un paro estatal en Carolina del Norte; huelgas de enfermeros en Nueva Orleans y California contra la falta de niveles seguros de personal; una huelga de estudiantes de posgrado en la Universidad de Harvard; y la rebelión que ahora recorre la industria de autopartes.
La lucha de clases estalla internacionalmente: en las protestas masivas contra el gobierno en Kenia, en la rebelión de decenas de miles de trabajadores en los suburbios industriales de Delhi y en la huelga de hambre de los mineros del carbón en Turquía. En el primer trimestre de 2026, ocho países europeos registraron 458 huelgas, entre ellas huelgas generales nacionales en Bélgica e Italia, y huelgas generales regionales en Andalucía y el País Vasco. Argentina realizó una huelga general nacional contra el gobierno de Milei en febrero, y 1,7 millones de empleados públicos pararon en el estado indio de Maharashtra.
Las contradicciones que empujan al imperialismo a la guerra también empujan a la clase obrera a la lucha. El crecimiento de la lucha de clases surge de la misma crisis que produce la guerra. De esa crisis emerge la única fuerza social capaz de ponerle fin. Guerra y revolución social son dos caras del mismo proceso histórico.
En Estados Unidos y en todo el mundo se está desarrollando una oposición enorme y creciente a la guerra de agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán y a la deriva general hacia la guerra, la austeridad y la dictadura. Pero la oposición, librada a sí misma, se disipa y se desvía. Hay que armarla con un programa, una perspectiva y una dirección.
La lucha contra la guerra no puede librarse mediante llamamientos a los gobiernos y partidos que la libran. En Estados Unidos, el Partido Demócrata celebró con vítores el asesinato de los dirigentes iraníes y financió el presupuesto militar de Trump. Las potencias imperialistas europeas han respaldado la guerra y la han justificado políticamente, al tiempo que destinan 800.000 millones de euros al rearme mientras intensifican la guerra accesoria contra Rusia, a la que arman y dirigen.
La oposición al imperialismo exige desarrollar las luchas de los trabajadores en Estados Unidos, Europa y el mundo entero —contra la guerra, la austeridad y la dictadura— hasta convertirlas en un movimiento político consciente armado con un programa socialista. Para poner fin a la guerra y la barbarie, hay que abolir el sistema capitalista.
Esta es la perspectiva del Partido por la Igualdad Socialista y del Comité Internacional de la Cuarta Internacional. Llamamos a cada trabajador y joven que se opone a esta guerra a asumir esta perspectiva y a construir la dirección revolucionaria que la clase obrera necesita.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 6 de junio de 2026)
