Las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, que tendrán lugar dentro de menos de tres semanas, se espera que expresen un repudio al presidente estadounidense Donald Trump y a sus políticas de guerra, dictadura y austeridad social. El índice de aprobación de Trump se encuentra en un mínimo histórico.
Mientras apelan a la ira de la clase obrera por el costo de la vida y la desigualdad social, los demócratas dejan claro que su prioridad central es una escalada masiva y catastrófica de la guerra contra Rusia. Los demócratas están de acuerdo con el ataque de Trump contra los programas sociales y la clase obrera. Su conflicto con Trump gira, ante todo, en torno a lo que consideran un esfuerzo insuficientemente agresivo y consecuente por defender los intereses globales del imperialismo estadounidense.
El legislador Jim Himes, de Connecticut, principal demócrata en el Comité de Inteligencia de la Cámara de Representantes, habló en nombre de la dirección del partido en el Foro de Seguridad de Varsovia el 13 de octubre y declaró que un Congreso controlado por los demócratas “significará que los paquetes de ayuda [a Ucrania] no avanzarán en nueve meses, sino en nueve días o nueve semanas”. “Si los demócratas obtienen el control del Capitolio, la reanudación de la ayuda a Ucrania será una prioridad”, escribió la publicación especializada Breaking Defense al informar sobre sus declaraciones.
El Partido Demócrata y los medios de comunicación están preparando esta escalada al avivar la histeria bélica entre los sectores acomodados de la clase media-alta y denunciar a Trump por ser demasiado blando con Rusia.
La agitación demócrata contra Trump se centra en su alto el fuego temporal en materia energética con el presidente ruso Vladimir Putin, una maniobra política para permitir la venta de combustible diésel ruso. Los demócratas denunciaron el acuerdo a las pocas horas y, el 13 de octubre, un grupo bipartidista de 12 senadores exigió que Trump lo revocara por ser “un regalo a nuestro adversario”.
The New York Times, que funciona como órgano oficioso del Partido Demócrata, ha encabezado la campaña. Solo durante la primera mitad de octubre publicó al menos 20 reportajes, análisis y columnas basados en supuestas amenazas rusas a Europa, éxitos ucranianos en el campo de batalla y el peligro de aliviar la presión sobre Moscú.
Las acusaciones no demostradas se presentan como hechos establecidos. El 2 de octubre, el periódico publicó lo que describió como un supuesto plan ruso interceptado para destruir la red energética de Ucrania, aunque admitió que no podía autenticar el documento. El 9 de octubre, Steven Erlanger presentó como un hecho consumado una “guerra en la sombra” rusa de sabotaje en Europa, reconoció que muchos de los incidentes son difíciles de atribuir a Moscú y luego dio espacio a propuestas de ciberataques contra la infraestructura rusa.
Luego, el 15 de octubre, The New York Times publicó dos columnas que resumen la campaña. Bajo el titular “El acuerdo de Trump de cambiar democracia por diésel nos avergüenza a todos”, Thomas Friedman escribió: “Donald Trump, conoce a Neville Chamberlain”, comparándolo con el primer ministro británico que apaciguó a Hitler en Múnich en 1938. David French escribió que Trump “le está tendiendo un salvavidas a Vladimir Putin”.
Friedman escribe que Trump pasará a la historia junto a los dirigentes que “vendieron los valores democráticos de su país para apaciguar a un dictador”. Friedman es la última persona en el mundo que tiene derecho a sermonear a nadie sobre los valores democráticos. Durante los bombardeos de la OTAN contra Serbia en 1999 escribió: “Cada semana que devasten Kosovo hará que retrasemos a su país otra década pulverizándolos. ¿Quieren 1950? Podemos volver a 1950. ¿Quieren 1389? También podemos volver a 1389”.
En un manifiesto publicado ese mismo año declaró que “la mano invisible del mercado nunca funcionará sin un puño invisible: McDonald’s no puede prosperar sin McDonnell Douglas, el fabricante del F-15”.
La guerra de Estados Unidos y la OTAN en Ucrania que Friedman defiende está impulsada por consideraciones similares. El imperialismo estadounidense busca dominar por completo a Rusia e instalar en Moscú un régimen que otorgue al capital estadounidense acceso irrestricto a los vastos recursos del país.
La disputa sobre el diésel revela el contenido de clase de las políticas de ambas facciones. Los precios del combustible han subido como consecuencia de la guerra de Trump contra Irán, y su acuerdo con Putin es una maniobra electoral que hará poco por reducirlos. Friedman denuncia esta medida al escribir que Trump está “desesperado por bajar los precios del diésel, que están perjudicando a los republicanos en las elecciones de mitad de mandato”. The New York Times y los demócratas exigen, en cambio, sanciones más estrictas que elevarían aún más los precios del combustible, con consecuencias devastadoras para la clase obrera.
En su columna, French expresa los objetivos de guerra de forma aún más directa. Celebra el éxito de Ucrania a la hora de “atacar en profundidad el corazón de Rusia” y cita al exdirector de la CIA David Petraeus, quien se jacta de que Ucrania está “prácticamente dejando a Crimea sin combustible”. La columna abandona cualquier pretensión de que el objetivo sea algo distinto de la derrota militar de Rusia.
French también admite lo que The New York Times ha pasado años negando. Ucrania, escribe, depende “de los servicios de inteligencia estadounidenses y de armas estadounidenses que puede comprar con fondos europeos”. Estados Unidos y la OTAN están librando la guerra, y Ucrania es su instrumento.
La histeria de la prensa expresa la situación cada vez más desesperada a la que se enfrenta el imperialismo estadounidense. “Si se retira ese apoyo, Rusia tiene la posibilidad de ganar la guerra”, escribe French. La clase dominante teme que se derrumbe el frente que ha construido en Ucrania.
El propio relato de French sobre los combates constituye una acusación contra la guerra: el imperialismo estadounidense y europeo ha arrastrado a las poblaciones de Ucrania y Rusia a ella. Describe “un sangriento estancamiento, más parecido a una versión con drones de la batalla de Verdún de la Primera Guerra Mundial, donde las líneas apenas se mueven y ambos bandos sangran por cada centímetro de terreno que conquistan”. Presenta esta comparación como argumento para continuar la matanza.
French escribe que Rusia está evitando “un conflicto directo con la OTAN que Rusia casi con toda seguridad perdería”. En una columna de más de 2.000 palabras, nunca menciona que Rusia es la mayor potencia nuclear del mundo. El mes pasado, la Embajada rusa en Irlanda declaró que Rusia “estaría dispuesta a utilizar todo su arsenal, incluidas las armas nucleares, para defender su territorio si los países de la OTAN intentan aislar la región de Kaliningrado del resto del país”.
Desde entonces, las potencias de la OTAN han ampliado sus despliegues de tropas en las fronteras de Rusia. El comandante supremo aliado de la OTAN en Europa, el general de la Fuerza Aérea estadounidense Alexus Grynkewich, declaró en el Foro de Seguridad de Varsovia el 12 de octubre, en una amenaza velada contra Rusia, que en caso de guerra la alianza atacaría “no solo a la propia fuerza atacante, sino a todo lo que apoye, sostenga o controle esa fuerza”.
Ambas columnas presentan fraudulentamente al régimen ucraniano como una democracia. En realidad, Ucrania está gobernada bajo la ley marcial. En agosto, un tribunal ucraniano condenó a 15 años de prisión por alta traición a Bogdan Syrotiuk, un socialista de 27 años, por oponerse a la guerra y llamar a los trabajadores ucranianos y rusos a unirse contra ella.
La campaña mediática está dirigida a la clase media-alta, la base social del Partido Demócrata. Su propósito es desviar la oposición masiva a Trump hacia la agenda belicista de los demócratas, para que el establishment político pueda afirmar que cada voto contra los republicanos equivale a un respaldo a una guerra más amplia. La hostilidad de millones de trabajadores y jóvenes hacia las guerras de Trump y su avance hacia la dictadura no puede expresarse a través de un partido que se prepara para intensificar la guerra contra Rusia.
El costo de la escalada bélica que se prepara para después de las elecciones recaerá sobre la clase obrera. Con la deuda federal disparándose, cada dólar destinado a la guerra saldrá de Medicaid, Medicare, el Seguro Social y la educación pública.
La lucha contra la guerra, la austeridad y los ataques a los derechos democráticos no puede librarse a través de ninguno de los dos partidos del imperialismo estadounidense. Requiere la movilización independiente de la clase obrera, armada con un programa socialista.
(Artículo publicado originalmente en inglés el 16/10/2026)
