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Las elecciones de guerra civil

Las elecciones presidenciales estadounidenses están a ocho semanas de distancia. La campaña entre Trump y Biden está enfrentando a un Gobierno que apela cada vez más a la violencia y la represión de Estado policial con una campaña del Partido Demócrata que, como nunca lo ha hecho, no ofrece una alternativa auténtica al impulso de autoritarismo y guerra.

El Gobierno de Trump está utilizando la campaña electoral para intentar construir un movimiento de la derecha fascistizante en un marco ferozmente antisocialista. Trump ha acompañado sus aclamaciones por Kyle Rittenhouse, quien asesinó a dos manifestantes e hirió a un tercero en Kenosha, Wisconsin, el mes pasado, con llamados de venganza dirigidos contra los oponentes de la violencia policial.

En su rueda de prensa el lunes, el presidente aclamó el asesinato del manifestante Michael Reinoehl a manos de los US Marshals la semana pasada. “Si alguien infringe la ley, debe haber alguna clase de castigo”, declaró Trump, dando su visto bueno a que sus simpatizantes lleven a cabo represalias extrajudiciales. El mismo día, retuiteó una declaración de la comentarista derechista Dinesh D’Souza declarando que el malestar político llevaría a “la aparición de milicias de ciudadanos en todo el país”, es decir, organizaciones de vigilantes fascistizantes como Patriot Prayer, responsable de aterrorizar las protestas en Portland, Oregón.

Como lo apuntó el World Socialist Web Site, Trump no está contendiendo para presidente sino para Führer. Su campaña parece estar basada en el impulso de Hitler para convertirse en canciller alemán en 1932. Empleando un lenguaje inaudito en la historia estadounidense, Trump está buscando crear las condiciones, independientemente del resultado el 3 de noviembre, en las que pueda surgir como el líder de un movimiento extraconstitucional de derecha.

No cabe duda de que, si Trump ganara, intensificaría inmediatamente la supresión de derechos democráticos y la implementación de formas de gobierno propias de un Estado policial.

Bajo estas condiciones, el argumento del Partido Demócrata es que toda la oposición a Trump necesita orientarse hacia la elección de Biden. Sin embargo, sería un error político fatal que los trabajadores permitan que sus luchas sean subordinadas a las consideraciones electorales del Partido Demócrata.

Trump no apareció de la nada. Refleja de la manera menos pulida el impulso esencialmente fascistizante y antidemocrático de la clase gobernante estadounidense en su conjunto. El hecho de que Trump no es algún tipo de demonio desatado del infierno se evidencia en que el crecimiento el autoritarismo y el fascismo es un fenómeno universal, desde Brasil a India, Francia y Alemania.

La clase obrera necesita dirigir su oposición hacia la enfermedad subyacente de la que Trump es una manifestación. ¿Cuáles son las condiciones que están alimentando esta crisis?

En primer lugar, la pandemia de coronavirus ha expuesto el estado catastrófico al que el capitalismo ha conducido la sociedad. Es una muestra extrema y el producto de la subordinación de todo a los intereses de lucro de la oligarquía corporativa y financiera.

La clase gobernante ha adoptado en efecto una política de “inmunidad colectiva” (de rebaño), permitiendo que el virus se propague fuera de control. La campaña de regreso al trabajo encabezada por Trump, pero implementada tanto por los demócratas como republicanos, ya ha resultado en un enorme aumento en la cifra de muertes, la cual se acerca a 200.000 personas. La Universidad de Washington estima ahora que las muertes superaran las 400.000 para fin de año.

En segundo lugar, junto al impacto sanitario de la pandemia, se recrudece la crisis social y económica para millones de personas. A pesar de la campaña de regreso al trabajo, hay más de 11 millones de trabajos menos ahora que antes de la pandemia. Han pasado seis semanas desde que el Congreso permitió que expiraran los beneficios por desempleo, lanzando a millones a la pobreza. Se proyecta que la cifra de estadounidenses que lidia con hambre este año aumentará 45 por ciento a un total superior a 50 millones.

El rescate de Wall Street de varios billones de dólares, aprobado con el apoyo casi unánime del Congreso a fines de marzo, generó un aumento masivo en la riqueza de la oligarquía. El martes, Forbes publicó su más reciente actualización de la riqueza de los milmillonarios estadounidenses, reportando que la fortuna de las 400 personas más ricas alcanzó el récord de $3,2 billones, viendo un aumento de $240 mil millones en un año.

En tercer lugar, la profundización de la crisis económica, social y política aumenta el peligro de que la clase gobernante vea una guerra en el exterior como una forma de resolver sus problemas en casa. Trump está realizando movidas cada vez más agresivas en el mar de China Meridional como parte de su ofensiva contra China, mientras que los demócratas, si llegaran al poder, están comprometidos con intensificar el conflicto con Rusia y las guerras en Oriente Próximo.

El Gobierno de Trump responde precisamente a estas condiciones. En su declaración del 19 de octubre de 2019, “¡No al fascismo estadounidense! ¡Construyan un movimiento de masas para deponer a Trump!”, el Partido Socialista por la Igualdad declaró:

Minimizar o incluso negar la veloz metástasis de la Presidencia de Trump convirtiéndolo en un régimen autoritario de derecha con características distintivamente fascistas es cegarse ante la realidad política. El viejo refrán de que “No puede ocurrir aquí”, es decir, que la democracia estadounidense es eternamente inmune al cáncer del fascismo, caducó de manera irreversible. La propia llegada de Trump a la Casa Blanca pone de manifiesto la crisis terminal del sistema político existente.

Estos procesos tan solo se han intensificado en el último año, viéndose dramáticamente acelerados por la pandemia de coronavirus. La retórica fascistizante de Trump tiene por objeto repeler un movimiento social cada vez mayor de la clase obrera contra las políticas de la oligarquía corporativa y financiera.

No obstante, el Partido Demócrata representa otra facción de la misma oligarquía. Su llamado se dirige a las facciones dominantes del ejército y las agencias de inteligencia, presentándolos como los árbitros del poder político al que deben recurrir si Trump se rehúsa a abandonar su cargo. Su principal objetivo es suprimir cualquier forma de oposición social que amenace los intereses de la élite gobernante.

Durante la última semana, Biden ha denunciado las protestas contra la violencia policial, atacó el socialismo y dejó en claro que avanzará su campaña sobre la base más derechista posible. En las últimas fases de la contienda electoral, los demócratas están intentando revivir su campaña antirrusa, poniendo en la mira de forma cada vez más explícita a la oposición izquierdista dentro de Estados unidos, describiéndola como el trabajo de “adversarios extranjeros”.

Biden se presenta como “el hombre en el medio” en condiciones en que se desarrolla una situación de guerra civil. Su campaña no ofrece nada para atender la catástrofe social que enfrentan masas enteras de la población. El acogimiento abierto de la violencia militarista por parte de los demócratas —integrando a los principales arquitectos de la guerra de Irak en su “coalición”— le permite incluso al fascistizante Trump presentarse como un oponente del “complejo militar-industrial”.

Ante todo, los demócratas se oponen a plantear cualquier tema que socave los intereses económicos y financieros de la élite gobernante. Un artículo publicado el lunes en el Washington Post ofrece un vistazo a las políticas sociales que perseguiría la campaña de Biden si éste estuviera en el poder. Refiriéndose a las propuestas económicas publicadas por su campaña, consistiendo en reformas moderadas que fueron el producto de discusiones con el ala de “Sanders y Warren” del partido—el Post escribió:

Pero, en las llamadas privadas con los líderes de Wall Street, la campaña de Biden dejó en claro que estas propuestas no estarían en el centro de la agenda de Biden. “Básicamente dijeron, ‘Oigan, este es solo un ejercicio para mantener a la gente de Warren feliz, y no le den mucha importancia’”, dijo un banquero de inversiones refiriéndose a los simpatizantes liberales de la senadora Elizabeth Warren (D-Mass.). El banquero, quien hablo en condición de anonimato para describir las conversaciones privadas, dijo que este mensaje fue transmitido en múltiples llamadas.

El Partido Demócrata, pese a todas sus denuncias de Trump, no menciona el carácter esencialmente fascistizante de las políticas que persigue el mandatario. Cabe recordar que, a pesar de que Trump perdió la última elección por más de tres millones de votos, la respuesta inmediata del Partido Demócrata fue ofrecer su colaboración. Las elecciones, dijo Obama, eran un “partido amistoso” entre dos bandos del mismo equipo.

Si los demócratas perdieran el 3 de noviembre, o incluso si ganaran, su respuesta no sería distinta. Ofrecerían inmediatamente una rama de olivo a Trump y el Partido Republicano.

La capacidad de Trump para atraer y mantener cierto un séquito es en gran medida el producto de la incapacidad d ellos demócratas para ofrecer algo que atienda la crisis social. Al fin de cuentas, las diferencias reales son marginales y enfocadas principalmente en cuestiones de política exterior. Que las elecciones sean incluso reñidas, en medio de muertes masivas y devastación social, es una condena contra el Partido Demócrata. Es incapaz de hacer un llamado popular precisamente por los intereses de clase que representa.

La estrategia de la clase obrera no se puede dejar guiar por la aritmética de una elección, sino por la lógica de la lucha de clases.

El Partido Socialista por la Igualdad y nuestra campaña electoral —Joseph Kishore para presidente y Norissa Santa Cruz para vicepresidenta— dirigimos toda nuestra atención al crecimiento de la oposición de la clase obrera. La elección no debería ser vista como un fin en sí, sino como parte de un proceso más amplio. Esto preparará a la clase obrera para cualquier resultado, sea una Casa Blanca bajo Trump o Biden, o la intervención directa de las fuerzas armadas.

La oposición en la clase obrera ya está creciendo. Los docentes y padres se están movilizando contra los esfuerzos para reabrir las escuelas en medio de una agresiva pandemia. Los educadores y los estudiantes han comenzado a combatir la peligrosa reapertura de las universidades, incluyendo una huelga de mil profesores y estudiantes de posgrado en la Universidad de Michigan que inició ayer.

Hay un latente enojo entre los trabajadores de la industria automotriz, de Amazon, del transporte, de servicios y otros sectores de la clase obrera a la campaña de regreso al trabajo y a los intentos de las corporaciones para aprovechar la pandemia para intensificar la explotación. Se está avecinando un “invierno del descontento”, con millones sin trabajo, enfrentándose a la pobreza y a desahucios.

Esto se combina con las protestas continuas contra la violencia policial y el racismo, desencadenadas a fines de mayo por el asesinato de George Floyd. Si bien fueron desatadas por la epidemia inacabable de violencia policial, las protestas han puesto de manifiesto el profundo enojo social y un deseo de millones de trabajadores y jóvenes para resistir.

Las luchas de las diferentes secciones de la clase obrera necesitan organizarse y unirse a partir de la formación de comités de seguridad independientes en cada fábrica, centro labora y barrio. La batalla de los docentes contra la campaña de regreso a las aulas necesita vincularse a la batalla de los estudiantes contra la reapertura de las universidades, la batalla de los trabajadores contra las condiciones horrendas en las plantas, batalla de los desempleados contra la devastación social y la batalla de los jóvenes contra la violencia policial.

Cada lucha suscita la cuestión del poder político: cuál clase gobierna y de acuerdo con cuáles intereses. La única solución a la crisis es una dirigida contra el sistema capitalista. Se necesita una reasignación masiva de recursos sociales lejos del rescate a los ricos y del financiamiento del militarismo y las guerras. La riqueza de los oligarcas debe ser incautada, y las gigantes corporaciones y bancos necesitan ser convertidas en utilidades públicas para crear las condiciones para un programa globalmente coordinado para salvar vidas.

La lucha contra la pandemia no es principalmente una cuestión médica. Como con cada otra problemática importante que enfrenta la clase obrera —la desigualdad social y la pobreza, las guerras, la degradación ambiental y la dictadura—, es una cuestión política y revolucionaria que plantea la necesidad de que la clase obrera tome el poder en sus propias manos, derroque el capitalismo y reestructure toda la sociedad con base en las necesidades sociales.

Este programa debe ser la base para unir todas las luchas de la clase obrera en Estados Unidos, más allá, para ofrecer una dirección a las luchas de los trabajadores en todo el mundo.

Los próximos dos meses son cruciales. El PSI y nuestros partidos hermanos en el Comité Internacional de la Cuarta Internacional están encabezando la lucha por construir una dirección socialista en la clase obrera. Esta es la tarea política más urgente. La conclusión esencial que debe ser tomada es unirse y construir el Partido Socialista por la Igualdad.

(Publicado originalmente en inglés el 9 de septiembre de 2020)

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