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Las elecciones golpistas de Trump

La campaña presidencial estadounidense está siendo transformada en un golpe de Estado por parte de Donald Trump, quien ha declarado que no aceptará cualquier resultado desfavorable en las elecciones.

En una rueda de prensa el miércoles por la noche en la Casa Blanca, le preguntaron a Trump si “se comprometería aquí hoy a una transición pacífica del poder tras la elección”. Respondió: “Tendremos que ver qué pasa. Saben, me he estado quejando fuertemente sobre las papeletas. Y las papeletas son un desastre”.

Cuando el reportero persistió, Trump dijo, “Tendrán una trans [sic]— muy pacífica, francamente no va a haber una transición. Será una continuación”.

La determinación de Trump de nombrar pronto a una nueva jueza de la Corte Suprema para reemplazar a la fallecida Ruth Bader Ginsburg es un elemento crítico en la conspiración criminal en marcha. Trump tiene la intención de llenar la Corte Suprema con títeres que validen su rechazo de los resultados electorales. “Considero que estas [elecciones] acabarán en la Corte Suprema y pienso que es muy importante que tengamos nueve jueces”, dijo Trump en la rueda de prensa.

El hecho de que los preparativos para un derrocamiento de la Constitución están bien avanzados es ampliamente reconocido. Una columna de opinión publicada el miércoles en el Atlantic, intitulada “La elección que podría quebrar a EE.UU.”, describió lo que llamó un escenario de pesadilla para el 3 de noviembre, involucrando la movilización de vigilantes derechistas y la toma de papeletas sin contar. El Atlantic se refiere a discusiones dentro de la Casa Blanca sobre cómo anular los resultados electorales si son desfavorables para Trump:

Según fuentes del Partido Republicano a niveles estatal y nacional, la campaña de Trump está discutiendo planes de contingencia para esquivar los resultados electorales y nombrar a electores leales en los estados disputados donde los republicanos tengan una mayoría legislativa. Justificándolo con base en acusaciones de fraude desenfrenado, Trump le pediría a los legisladores que ignoren el voto popular y ejerzan su poder para elegir directamente una lista de electores.

Al hacerlo, Trump estaría actuando con base en el argumento del juez Antonin Scalia en el caso Bush v. Gore hace 20 años, cuando la Corte Suprema intervino para detener el conteo de votos en Florida y entregarle la elección a Bush.

Trump no está disputando una campaña electoral. Está poniendo en marcha un complot para establecer una dictadura presidencial. Es una continuación de la conspiración iniciada con su discurso del 1 de junio, amenazando con invocar la Ley de Insurrecciones y desplegar el ejército contra las protestas nacionales.

Existe una diferencia impactante entre la manera despiadada con la que Trump y sus coconspiradores implementan sus planes, y la respuesta débil y cobarde del Partido Demócrata y su candidato presidencial Joe Biden. Aun cuando Trump busca aumentar su control de la Corte Suprema para facilitar su toma ilegal del poder, los demócratas han declarado que no se puede hacer nada para detener el nombramiento de otro juez por parte de Trump antes de los comicios en noviembre.

Después de que el senador republicano Mitt Romney anunciara el martes que apoyaría el reemplazo de Ginsburg por parte de Trump, los demócratas abandonaron su estrategia de “resistencia”, tal como fue, de encontrar a cuatro republicanos que rompieran con Trump y con el líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, y se opusieran al voto de confirmación.

El líder de la minoría en el Senado, Charles Schumer, ha declarado que “todas las opciones están en la mesa”, pero solo después de que sea confirmado el nominado a la Corte Suprema y solo en la medida en que los demócratas ganen control tanto de la Cámara de Representantes como el Senado. Pero el nombramiento a la Corte Suprema es crucial para la estrategia de Trump para conservar su cargo en la Casa Blanca.

El martes, la presidenta de la Cámara de Representantes Nancy Pelosi, quien había proclamado que aún tenía una “plenitud de flechas”, alcanzó un acuerdo con el secretario del Tesoro, Steven Mnuchin, para ampliar los fondos del Gobierno federal hasta después de las elecciones, eliminando la posibilidad de un cierre del Gobierno en respuesta a los esfuerzos de Trump para imponer su nombramiento en la Corte Suprema.

Con tal capitulación, los demócratas no solo están cediendo un puesto en la Corte Suprema, están dando un gran paso hacia rendirse al golpe de Estado de Trump.

Adam Schiff, el presidente de la comisión de inteligencia de la Cámara de Representantes, dijo el miércoles que Trump estaba buscando “deshonrar los votos de millones, rellenar la Corte Suprema para privar a millones de su derecho a votar y perpetuar su control del cargo”, advirtiendo que así “es como las democracias se terminan”.

La única respuesta de Schiff, además de culpar la “asistencia extranjera” por las acciones de Trump fue proponer una legislación con límites para futuros presidentes. Dijo que tenía la esperanza de que los votantes “lleguen en números tan masivos [a las urnas] que haya un rechazo abrumador de Trump y el trumpismo”.

La Constitución no requiere que un candidato presidencial requiera una mayoría abrumadora para deponer al mandatario. La afirmación de Schiff equivale a una declaración de que los demócratas capitularán a Trump si Biden obtiene algo menos que una victoria abrumadora.

Elissa Slotkin, una de las diputadas demócratas más cercanas a las agencias de inteligencia, afirmó ayer que Trump está intentando llevar a cabo un golpe de Estado e insinuó que contaba con apoyo en los más altos niveles. “El presidente no puede rehusarse exitosamente a aceptar los resultados de las elecciones sin un número de funcionarios muy altos ayudándole”, tuiteó.

Pero su respuesta fue meramente apelar al ejército, declarando que ha estado buscando garantías de los oficiales del Pentágono de que asegurarán una transición del poder si Trump se rehusara a conceder. “Al fiscal general, el secretario de Defensa, el presidente del Estado Mayor Conjunto, al secretario de Seguridad Nacional”, afirmó Slotkin, “la historia viene por ustedes y tendrán que tomar una decisión”.

La patética respuesta del Partido Demócrata y su candidato presidencial ante la conspiración de Trump deriva, ante todo, de su temor a cualquier llamado a la resistencia que pueda desencadenar un movimiento de masas desde abajo que se salga de control y amenace a la oligarquía capitalista.

Los demócratas temen tal serie de acontecimientos más que nada. En los últimos cuatro años, toda su atención ha ido a desviar la oposición popular a Trump detrás de los conflictos de la clase gobernante sobre política exterior, centrados en la demanda de acciones más agresivas contra Rusia.

Subordinar la lucha contra Trump al Partido Demócrata solo puede llevar a una catástrofe política.

Los trabajadores necesitan reconocer que la democracia estadounidense está colapsando. El lenguaje de Trump es el lenguaje del fascismo, la dictadura y la guerra civil. Mientras tanto, los demócratas le están concediendo a Trump la habilidad de llevar a cabo su golpe de Estado y, si ellos llegaran al poder, implementarían básicamente la misma política.

Detrás de la crisis política en Estados Unidos, lo que está sucediendo es un enfrentamiento masivo entre la aristocracia corporativa y financiera, que controla ambos partidos políticos, y la clase obrera. El golpismo de Trump está completamente vinculado a la política de la clase gobernante de “inmunidad colectiva” —la marcha hacia obligar a los trabajadores a seguir trabajando y reabrir las escuelas en medio de una pandemia cada vez más extensa— así como la utilización de la pandemia para orquestar una redistribución masiva de la riqueza para los ricos.

Para la clase obrera, la lucha contra la pandemia, la crisis social masiva, la inacabable ola de violencia policial y la amenaza de dictadura está completamente vinculada a la lucha por el socialismo.

El asunto fundamental ahora es el desarrollo de un movimiento de masas de la clase obrera. La lógica del rápido recrudecimiento de esta crisis presenta a la clase obrera la necesidad de prepararse para una huelga general política. Se deben crear organizaciones populares controladas por los trabajadores para preparar una resistencia a la conspiración criminal de Trump.

La ola creciente de huelgas, protestas y manifestaciones —incluyendo aquellas desatadas por el encubrimiento ayer del asesinato policial de Breonna Taylor en Louisville— necesita fusionarse en forma de una huelga general, exigiendo la expulsión de Trump del poder.

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(Publicado originalmente en inglés el 24 de septiembre de 2020)

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