Las bases históricas e internacionales del Partido Socialista por la Igualdad

Parte 10

26 marzo 2010

El Partido Socialista por la Igualdad (EE.UU.) sigue hoy con la publicación de Las bases históricas e internacionales del Partido Socialista por la Igualdad. El documento se debatió extensamente y fue adoptado unánimemente en el Congreso de Fundación del PSI, celebrado del 3 al 9 de agosto del 2008. Durante dos semanas el WSWS publicará en partes el texto publicado en este sitio en su inglés original del 29 de septiembre al 10 de octubre del 2008. (Oprima aquí para leer las partes 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10, 11)

El WSWS ya ha publicado en castellano la Declaración de Principios del Partido Socialista por la Igualdad, la cual también fue adoptada por el Congreso de Fundación, la cual también fue adoptada por el Congreso de Fundación en agosto del 2008.

Después de la escisión: el significado y las consecuencias del proceso de globalización

202. Durante el periodo que inmediatamente siguió a la escisión, el Comité Internacional se analizó detalladamente los orígenes y el desarrollo de la disolución del Workers Revolutionary Party. How the WRP Betrayed Trotskyism 1973-1985 [Cómo el WRP traicionó al trotskismo, 1973-1985] muestra que la crisis de ese partido se vinculaba a su retroceso de los principios que los trotskistas británicos habían defendido antes, durante la fundación del Comité Internacional y, luego, en la lucha contra la reunificación del SWP estadounidense con los pablistas en 1963. Siguiendo los pasos de ese análisis, el Comité Internacional respondió al ataque de Banda contra la historia del movimiento trotskista con la publicación de The Heritage We Defend: A Contribution to the History of the Fourth International, [En defensa de nuestro patrimonio: una contribución a la historia de la Cuarta Internacional], escrito por David North.

203. Al concluir ese análisis de las raíces históricas y los orígenes políticos de la escisión dentro del Comité Internacional, el CICI emprende un profundo análisis de los cambios en la economía mundial; análisis que establece las bases objetivas para adelantar la lucha de clases y seguir estableciendo la Cuarta Internacional. En el cuarto pleno del Comité Internacional de julio de 1987, se plantearon las siguientes interrogativas: 1) ¿Es la evolución del Comité Internacional la expresión consciente de qué nuevas fuerzas han surgido de los desarrollos económicos y políticos? 2) ¿Sobre qué base objetiva podemos prever la evolución de una nueva crisis revolucionaria mundial?

204. Al contestar esas preguntas, el CICI le dio énfasis central al “crecimiento explosivo de las empresas transnacionales”. Declaró que:

“Como consecuencia ocurre una integración sin precedentes del mercado mundial y de la producción a través de las fronteras. El dominio absoluto y activo de la economía mundial sobre todas las economías nacionales, incluyendo la de Estados Unidos, es una realidad de la vida moderna. El progreso tecnológico, ligado a la invención y el perfeccionamiento de los circuitos electrónicos, acelera el proceso de integración económica mundial. Sin embargo, en vez de dar lugar a futuros éxitos históricos capitalistas, este fenómeno intensifica más que nunca la contradicción entre la economía mundial y el sistema capitalista de estados naciones, y entre la producción social y la propiedad privada”. [116]

205. El Comité Internacional también notó lo siguiente:

“Es imposible separar el fenómeno de las enormes empresas transnacionales y la globalización de la producción de otro elemento que trae consigo consecuencias profundamente revolucionarias: como Estados Unidos ha perdido, en términos tanto relativos como absolutos, ha perdido su hegemonía global. La trasformación histórica de Estados Unidos de acreedor principal al mayor deudor es la causa principal del declive dramático de las condiciones de vida de los trabajadores, cosa que por ley resultará en un periodo de enormes confrontaciones revolucionarias dentro del país”. [117]

206. El CICI también llamó la atención a otro fenómeno que reflejaba el derrumbe de las instituciones de pos Segunda Guerra Mundial: la agravación de antagonismos entre imperialismos. En ese periodo la fuente más inmediata, pero no la única, de esas tensiones era el rápido desarrollo económico japonés. El CICI señaló la puesta en práctica del proyecto de establecer un mercado europeo unido con la capacidad de confrontar tanto a los capitales estadounidenses como al los japoneses. El CICI también atribuyó significado revolucionario a la expansión del proletariado en Asia, África, y América Latina, resultado de la exportación internacional de capitales buscando altas tasas de ganancias.

207. La evolución de la producción transnacional y la integración globalizada de las finanzas y la manufactura dramáticamente socavó la viabilidad de de aquellas organizaciones socio políticas que habían vivido incrustadas en el sistema de estados naciones. Aunque la integración global del capitalismo creaba las condiciones objetivas para la unificación de la clase trabajadora, este potencial revolucionario requería organizaciones y una dirigencia basadas en una estrategia conscientemente internacionalista. Sin semejante dirigencia, la clase trabajadora no podría defenderse a sí misma en contra de un capital organizado a nivel mundial. Como lo explicara el CICI en su documento de perspectivas de 1988, La crisis mundial capitalista y la misión de la Cuarta Internacional:

“El enorme desarrollo de las empresas transnacionales y la integración globalizada de la producción capitalista han causado una uniformidad sin precedentes en las condiciones a las cuales los trabajadores del mundo se enfrentan. La feroz competencia entre los diferentes grupos capitalistas nacionales para dominar el mercado mundial encuentra su expresión más brutal en la campaña universal de las clases gobernantes para intensificar la explotación de la clase trabajadora en sus ‘propios' países. La ofensiva del capital contra la clase trabajadora se lleva a cabo en todos los países a través del desempleo de la masas, la reducción de los salarios, la aceleración, la destrucción de los sindicatos obreros, la reducción de los beneficios sociales y la intensificación de las agresiones contra los derechos democráticos”. [118]

208. Los cambios que ocurrieron en la forma de producción capitalista trajeron consigo la forma en que la lucha de clases se presenta:

“Por largo tiempo una de las propuestas elementales del marxismo es que la lucha de clases es nacional, pero solo en su forma; en esencial es una lucha internacional. Pero dadas las nuevas características del desarrollo capitalista, la forma en sí ahora debe asumir un a índole internacional. Las luchas más elementales de la clase trabajadora plantean la necesidad de coordinar sus acciones a nivel internacional. Es un hecho básico de la economía cotidiana que las empresas transnacionales explotan el poder de la mano de obra de los trabajadores en varios países para producir una mercancía acabada, y la distribuyen y cambian la producción entre sus diferentes fábricas y en continentes diferentes en búsqueda de la tasa de ganancias más alta...Por lo tanto, la movilidad internacional sin precedentes ha rendido a todos los programas nacionalistas dirigidos al movimiento obrero de los diferentes países son obsoletos y reaccionarios”. [119]

Fueron precisamente estos desarrollos que constituyeron las bases objetivas a las cuales la expansión del CICI por obligación se vinculó. Un informe, presentado en agosto de 1988 ante el Decimotercer Congreso de la Workers League, desarrolló y le hizo hincapié a este punto:

“Nosotros anticipamos que la nueva etapa de lucha proletaria se desarrollará de modo inexorable bajo la presión combinada de las tendencias económicas objetivas y la influencia subjetiva de los marxistas en confluencia con la trayectoria internacional. El proletariado tenderá más y más a definirse a sí mismo en la práctica como clase internacional; y los internacionalistas marxistas, cuya política es la expresión de esta tendencia orgánica, cultivarán el proceso y le darán forma consciente...” [120]

209. El CICI advirtió que estas nuevas formas de producción mundial no disminuían, sino que intensificaban el peligro de guerra mundial:

“El carácter global de la producción capitalista ha enormemente agudizado los antagonismos económicos y políticos entra las potencias imperialistas principales. Una vez más ha llevado a primer plano las contradicciones irreconciliables entre el desarrollo objetivo de la economía mundial y la forma del estado nación, al cual todo el sistema de propiedad capitalista se arraiga históricamente. Precisamente, la índole internacional del

proletariado, clase que no le debe ninguna lealtad a ninguna ‘patria' capitalista, lo convierte en la única fuerza social capaz de liberar a la civilización de las garras estranguladoras del sistema basado en estado nación.

“Son por estas razones fundamentales que ninguna lucha en contra de la clase gobernante de cualquier país puede producir adelantos para la clase trabajadora que perduren. Y mucho menos puede preparar su emancipación final a menos que se base en una estrategia internacional cuyo objetivo es la movilización mundial del proletariado en contra el sistema capitalista. Esta unificación de la clase trabajadora, tan necesaria, sólo puede lograrse Por medio del establecimiento un partido verdaderamente internacional,

es decir, revolucionario. Solamente existe un partido igual, producto de décadas de luchas políticas e ideológicas implacables: la Cuarta Internacional, fundada en 1938 por León Trotsky. Hoy la dirige el Comité Internacional”. [121]

Perestroika (“reestructuración”) y Glasnost (“apertura”) en la URSS

210. El fondo histórico de la lucha interna en el Comité Internacional entre 1982 y 1986 fue la crisis que intensificaba en la Unión Soviética y su régimen estalinista. Paradójicamente, la trayectoria de la crisis tenía sus raíces en la tremenda expansión de la economía soviética luego de la Segunda Guerra Mundial; expansión que minó aún más la viabilidad de la política sobre la economía —autárquica y nacionalista— que se basaba en la perspectiva estalinista del “socialismo en un solo país”. La complejidad creciente de la economía soviética planteaba cada vez con mayor urgencia la necesidad de tener acceso a la economía mundial y a su división de mano de obra internacional. Los problemas económicos de la URSS aumentaban, sobre todo a medida que la tasa de la expansión económica mundial comenzaba a declinar de los niveles que durante las primeras dos décadas luego de 1945 habían sido generalmente bastante altas. Fueron exacerbados por las flagrantes incompetencias del sistema dirigido por la burocracia, la cual se burlaba del método científico cada vez que aseveraba que se basaba en él. Tal como Trotsky insistiera en 1936, la calidad de una economía planificada “exige de los productores y los consumidores la democracia, la libertad de expresión para criticar y la iniciativa, las cuales son condiciones incompatibles con un régimen basado en el miedo, la mentira y la adulación”. [122] En 1935, Trotsky también había observado que “Mientras más complejas las tareas económicas, mayores las exigencias y los intereses de la población y así más aguda se vuelve la contradicción entre el régimen burocrático y las exigencias del desarrollo socialista”. [123] La contradicción entre los intereses socio políticos de burocracia y los requisitos objetivos del desarrollo económico se expresó de manera grotesca en el mórbido pavor que la burocracia le tenía a la tecnología de la informática. En un país donde los ciudadanos eran obligados a registrar todas las maquinillas de escribir y los mimeógrafos, las autoridades estalinistas vivían aterradas de las insinuaciones políticas del amplio uso de computadores [ordenadores].

211. Durante las décadas de los 1960 y 1970, la oposición a los regímenes estalinistas en la Unión Soviética y Europa Oriental aumentó a ritmo constante. Hubo informes acerca de grandes huelgas en la ciudad industrial soviética de Novocherkassk que las fuerzas armadas suprimieron violentamente en junio de 1962. La súbdita deposición de Khrushchev en octubre de 1964, su reemplazamiento con Leonid Brézhnev y las medidas drásticas que se impusieron contra las campañas para desestalinizar al régimen fueron intentos desesperados para conservar la legitimidad política del régimen. El juicio contra los escritores Yuli Daniel y Andrei Sinayavsky, cuyo objetivo era intimidar el movimiento disidente creciente, sirvió para desacreditar al régimen, así como también lo hizo luego el exilio de Alexander Solzhenitsyn. Cuando Alexander Dubcek llegó al poder en Checoslovaquia en enero de 1968, durante la llamada “Primavera de Praga”, la burocracia soviética se aterrorizó aún más. La invasión de Checoslovaquia luego en agosto del mismo año y la deposición de Dubcek ahondaron la enajenación que ya sentían grandes sectores de la clase trabajadora y los intelectuales de la Unión Soviética y Europa Oriental, quienes habían creído en la posibilidad de reformas de tipo democrático y socialista. En 1970, huelgas enormes en Polonia tumbaron al gobierno de Gromulka, quien originalmente había llegado al poder mediante las manifestaciones de las masas en 1956. Ante todas estas dificultades, Brézhnev trató de imponer una ortodoxia estalinista que le confería al régimen una inflexibilidad total. Significativamente, este período también presenció el florecimiento de la détente [“aflojamiento” o “aligeramiento” de tensiones] entre la Unión Soviética y Estados Unidos, proceso que llegó a su fin hacia finales de los 1970, cuando el gobierno de Carter decidió cambiar su política a una más agresiva que el gobierno de Reagan prosiguió aún más.

212. Cuando Brézhnev falleció en noviembre de 1982, ya el régimen no podía esconder los indicios de grave crisis económica y un estancamiento social general. Sectores importantes de la burocracia soviética consideraron que la aparición del movimiento de masas en Polonia en 1980 —“Solidaridad”— era una señal que una explosión revolucionaria en la misma URSS era una posibilidad. El sucesor de Brézhnev, Yuri Andropov, quien había sido director de la KGB, trató de poner en práctica varias reformas contra la corrupción y así restaurar la confianza en el régimen. También instituyó medidas enérgicas contra el alcoholismo con las esperanzas de aumentar la productividad de la industria soviética. Pero estas medidas sólo fueron un tratamiento paliativo. El problema fundamental todavía existía: el carácter hermético nacionalista de la economía del país. De todos modos, Andropov, quien estaba gravemente enfermo cuando asumió el poder, falleció de una enfermedad de los riñones en febrero de 1985, justamente 15 meses después de tomar las riendas del país. Konstantín Chernenko, quien lo reemplazara, también era un burócrata mortalmente enfermo. Duró solo 13 meses. Lo sucedió Mijaíl Gorbachov, cuyo régimen, asediado por las crisis, terminó con la disolución de la URSS.

213. Gorbachov inició una política que combinaba la expansión de libertades internas (glasnost) con reformas de la economía (perestroika). El sector de la burocracia dirigido por Gorbachov tenía un objetivo principal: obligar a la oposición de las masas soviéticas a conducirse por conductos oficiales y así lograr que apoyaran el programa para restaurar al capitalismo. Gorbachov contaba con la desorientación de los trabajadores que décadas de gobierno estalinista habían causado. También contaba con el apoyo de la izquierda pequeñoburguesa radical. Este fue el único cálculo político en que Gorbachov mostró cierta astucia apreciable. En ningún otro lugar encontró este fenómeno —llamado “Gorbimania” por la prensa capitalista— una expresión tan incontrolada como en los ámbitos de la pequeña-burguesía izquierdista. Ernest Mandel, quien vio en Gorbachov la apoteosis de la perspectiva pablista de la auto reforma de la burocracia, lo proclamó “un dirigente político extraordinario”, la versión soviética de Franklin Delano Roosevelt. [124] Mandel se puso a ver el futuro con lentes color rosa y bosquejó cuatro posibilidades plausibles para la evolución soviética, pero ninguna de ellas consideró la disolución de la URSS. Esto fue un descuido extraordinario para un autor que escribía solo dos años antes del derrumbe final del país. Para Tariq Ali, discípulo de Mandel y dirigente de la organización pablista en la Gran Bretaña, era imposible contener su entusiasmo por la Perestroika y sus iniciadores. Dedicó su libro, La revolución desde arriba: ¿A dónde va la Unión Soviética?, publicado en 1988, a Boris Yeltsin. Declaró en su conmovedor homenaje que “la valentía política [de Yeltsin] lo ha convertido en un importante símbolo por todo el país”. [125] Ali describió sus visitas a la Unión Soviética y le informó a sus lectores que “verdaderamente me sentía en casa”. [126] Reafirmó que el programa político de Gorbachov había iniciado la transformación revolucionaria de la sociedad rusa desde arriba. Hizo notar cínicamente que habían aquellos que “habrían preferido (¡yo también!) que los cambios en la Unión Soviética hubieran sido resultado de un enorme movimiento de la clase trabajadora soviética y resucitado a los viejos órganos de poder político -los soviets- con sangre nueva. Hubiera sido muy lindo, pero no sucedió así”. [127] Ali entonces presenta un resumen bien terso de la perspectiva pablista, la cual mezclaba en cantidades iguales el impresionismo político, la ingenuidad, y la estupidez. La lógica de La revolución desde arriba expresa que Gorbachov representa una corriente progresista y reformista interna en la b burocracia soviética, cuyo programa, si llega a tener éxito, representaría un adelanto enorme para socialistas y demócratas a nivel mundial. El alcance de las acciones de Gorbachov de hecho nos recuerda los esfuerzos del presidente estadounidense Abraham Lincoln durante el siglo XIX. [128]

214. La crítica al régimen de Gorbachov por los ex trotskistas del Workers Revolutionary Party no fue menos carente de sentido. Healy declaró que Gorbachov era el dirigente de la revolución política en la Unión Soviética. Para Banda, la ascensión de Gorbachov representaba la refutación final del trotskismo. “Si la restauración no existiera”, declaró él, “para Trotsky sería absolutamente necesario inventarla. Toda la historia soviética -durante y luego de la era de Stalin- es testigo a esta especulación infantil izquierdista e indica una dirección contraria”. [129]

215. El CIFI se opuso a estos conceptos. Ya había explicado para principios de 1986 la índole fundamentalmente reaccionaria de la economía política de Gorbachov. En su documento de perspectivas de 1988, escribió lo siguiente:

“A medida que busca poner en la práctica su Perestroika reaccionaria, Gorbachov, de manera implícita, concede que todas las premisas económicas sobre las cuales el estalinismo se basaba fueron un fracaso; es decir, que el socialismo podía establecerse en un solo país. La crisis de la economía soviética, la cual es verídica, se arraigaba en que había quedado aislada de los recursos del mercado mundial y la división de la mano de obra internacional. Existen dos maneras en que la crisis se puede resolver. La manera que Gorbachov propone incluye el desmantelamiento de la industria estatal, la renuncia al principio de la planificación, y el abandono del monopolio que el estado tiene sobre el comercio extranjero; es decir, la reintegración de la Unión Soviética en las estructuras del imperialismo mundial. La alternativa a esta solución reaccionaria requiere la destrucción

del dominio imperialista sobre la economía mundial por medio de la unificación de la clase trabajadora soviética e internacional en una ofensiva que tenga como objetivo la expansión de la economía planificada en los alcázares del capitalismo estadounidense,

europeo y asiático”. [130]

216. Las reformas de glasnost y la relajación de las restricciones sobre la censura abrieron las puertas para un debate en la Unión Soviética acerca de cuestiones políticas e históricas. La burocracia “retroactivamente” rehabilitó a muchos de los viejos bolcheviques, inclusive a Bukharin, Zinoviev y Kamenev. También se vio forzada a admitir que los juicios de Moscú se habían basado en la mentira. Pero la burocracia nunca se atrevió a rehabilitar a Trotsky, puesto que sus críticas atacaban los intereses sociales de la burocracia en general. Si estas ideas habrían de lograr una audiencia en la clase trabajadora soviética, los planes para la restauración del capitalismo se verían seriamente amenazados. En 1987, Gorbachov insistió que las ideas de Trotsky eran “esencialmente un ataque total contra el leninismo”.

217. El CICI trató de llevarle a la población soviética la perspectiva del trotskismo. Publicó una revista teórica en ruso y organizó varios viajes a la Unión Soviética entre 1989 y 1991. Sus labores se concentraron en clarificar el lugar de Trotsky en la Revolución de Octubre, los orígenes y el significado la lucha de Trotsky contra el estalinismo, el programa político de la Cuarta Internacional, y la índole de la crisis a la cual se enfrentaba la Unión Soviética. El CICI repetidamente advirtió que la liquidación de la URSS y la restauración del capitalismo tendrían consecuencias catastróficas para la clase trabajadora soviética. En un discurso pronunciado en Kiev en octubre de 1991, David North explicó lo siguiente:

“...En este país, la restauración del capitalismo sólo puede tomar lugar a base de la amplia destrucción de las fuerzas productivas ya en existencia y de las instituciones socio culturales que dependen de ellas. En otras palabras, la reintegración de la URSS en las estructuras de la economía imperialista mundial en base capitalista significa no el lento desarrollo de una economía nacional atrasada, sino la rápida destrucción de una economía que ha sostenido condiciones de vida que, por lo menos para la clase trabajadora, se parecían más a aquellas en los países avanzados que a las de los países del Tercer Mundo. Cuando se analizan las varias artimañas propuestas por los partidarios de la restauración capitalista, no hay otra conclusión que ellos no son memos ignorantes que Stalin acerca de cómo la economía capitalista mundial verdaderamente funciona. Y están preparando el

terreno para una tragedia social que pondrá en eclipse la que produjo Stalin con su política pragmática y nacionalista”. [131]

La verdadera trayectoria de los sucesos luego de la disolución de la Unión Soviética en 1991 completamente comprobó estas advertencias.

El fin de la URSS

218. La disolución formal de la URSS el 25 de diciembre de 1991, 74 años después de la Revolución de Octubre, le planteó al Comité Internacional nuevos dilemas teóricos, históricos y políticos cruciales. Los orígenes, la índole social y el destino político del estado que surgió en base de la Revolución de Octubre había sido una de las inquietudes centrales de la Cuarta Internacional desde su fundación. En un sin número de luchas dentro del movimiento trotskista, comenzando con los 1930, la “Cuestión Rusa” había sido el foco de controversias intensas generalmente relacionadas con amargas divisiones facciosas. La cuestión sobre la naturaleza de Unión Soviética fue la causa principal de escisiones en la Cuarta Internacional en 1940 y 1953. Inmediatamente luego de la escisión de 1985-1986, el tema del carácter clasista de los estados formados en Europa Oriental al terminar la Segunda Guerra Mundial surgió de nuevo como dilema histórico y contemporáneo de importancia primordial para el Comité Internacional. De una manera u otra, todas las tendencias revisionistas le atribuyeron al estalinismo un papel histórico y central duradero. En 1953, Pablo y Mandel predijeron que el socialismo se lograría por medio de revoluciones dirigidas por estalinistas, lo cual conduciría al establecimiento de estados obreros deformados que durarían cientos de años. En 1983, antes de reventar la crisis política del WRP, Banda le había dicho a North que la supervivencia de la Unión Soviética era una “cuestión acabada”, y que no había posibilidad que cesaría de existir tal como Trotsky había advertido. En menos de una década luego de la declaración de Banda, los regímenes estalinistas de Europa Oriental y la URSS habían pasado a la historia.

219. Durante los meses luego de la disolución de la URSS, ninguna de las organizaciones revisionistas pudieron ofrecer una valoración creíble del significado de este acontecimiento. Muchas de las tendencias pablistas lo ignoraron como si nada hubiera ocurrido. Luego de haber creído febrilmente en la omnipotencia política de la burocracia no podían convencerse o llegar a creer que la URSS ya no existía. Además, aquellos que estaban dispuestos a admitir que la URSS se había disuelto todavía discutían que el cambio no alteraba la índole clasista del estado. ¡Rusia era todavía un “estado obrero” aún sin la Unión Soviética! Por varios años luego de la desaparición de la Unión Soviética esta fue la postura política de la Spartacist League de Robertson y uno de los fragmentos que quedaron del Workers Revolutionary Party.

220. El Comité Internacional de la Cuarta Internacional, que no llevaba sobre sus hombros el peso teórico y político del tipo de ilusiones en el estalinismo que caracterizaba a las tendencias pablistas, pudo hacer, sin demora alguna, una valoración objetiva y precisa de la desaparición de la Unión Soviética. El 4 de enero de 1992, se hizo la siguiente crítica:

“Luego de los sucesos del mes pasado, los cuales marcaron el punto culminante de la política que la burocracia había seguido desde que Gorbachov tomara las riendas del poder en marzo de 1985, es necesario llegar a ciertas conclusiones debidas a y ocasionadas por la liquidación jurídica de la Unión Soviética. Es imposible definir a la Confederación de Estados Independientes [CEI] en su conjunto o en términos de las repúblicas que lo constituyen como estados obreros. El proceso cuantitativo de la degeneración de la Unión Soviética ha conducido a una transformación caritativa. La liquidación de la URSS y el establecimiento del CEI no es simplemente un barajar de las letras del alfabeto. Ésta tiene insinuaciones sociopolíticas muy definidas. Representa la liquidación de un estado obrero y su reemplazo con regímenes que inequívoca y abiertamente abogan por la destrucción de los vestigios que quedan de la economía nacional y del sistema de planificación producidos por la Revolución de Octubre. Definir a la CEI o a sus repúblicas particulares como estados obreros totalmente separaría a la definición del contenido concreto que este expresaba durante el período histórico anterior”. [132]

221. El papel que jugara el sector burócrata de la URSS tuvo una influencia política de largo alcance:

“Lo que ha ocurrido en la ex Unión Soviética es una manifestación de fenómenos internacionales. En todas partes del mundo la clase trabajadora se enfrenta un hecho verídico: sindicatos, los partidos y hasta ciertos estados que ellos mismos crearon en una época anterior se han transformado en instrumentos directos del imperialismo.

Los días en que las burocracias trabajadoras ‘mediaban' la lucha de clases y jugaban el papel entre las clases sociales han llegado a su fin. Aunque las burocracias generalmente traicionaron los intereses históricos de la clase trabajadora, todavía servían, en cierto sentido, sus necesidades cuotidianas prácticas; y, hasta ese punto, ‘justificaron' su existencia como dirigentes de las organizaciones de la clase trabajadora. Pero esa época ha llegado a su fin. La burocracia ya no podrá desempeñar semejante papel independiente en período del momento.

Esto no sólo se aplica a la burocracia estalinista en la Unión Soviética, sino también a los burócratas de los sindicatos en Estados Unidos. En nuestro último Congreso enfatizamos que los dirigentes de los de los sindicatos obreros no pueden definirse como fuerza que defiende y representa, aunque sea de manera limitada y tergiversada, los intereses de la clase trabajadora. Catalogar a los dirigentes de la AFL-CIO como ‘dirigentes sindicalistas' o siquiera definir a la AFL-CIO como organización trabajadora, significa cegar la clase trabajadora a las realidades a que se enfrentan”. [133]

La lucha contra la tendencia post soviética de la falsificación histórica

222. La disolución de la URSS provocó en la burguesía y sus apologistas ideológicos una explosión de triunfalismo eufórico. ¡El enemigo socialista por fin había sido derrotado! La interpretación burguesa de la desaparición de la Unión Soviética se expresó de manera fundamental en El fin de la historia, obra de Francis Fukuyama. Basándose en una versión muy abreviada de la fenomenología idealista de Hegel, Fukuyama proclamó que la cansada marcha de la historia había llegado su última estación: la democracia liberal burguesa con Estados Unidos como modelo y basada en un mercado capitalista sin cadenas; es decir, la cumbre de la civilización humana. Profesores académicos pequeñoburgueses —crédulos e impresionistas— elaboraron un sin número de variaciones de este tema, siempre ansiosos de ser compinches de lo que ellos consideran ser, en cualquier momento dado, los triunfantes de la historia. La conclusión a la cual se debería llegar luego del colapso de la Unión Soviética era que el socialismo era una ilusión. “En resumen”, escribió Martin Malia, “el socialismo es una utopía en el sentido literal de la palabra: un ‘lugar que no existe' y que ‘no está en ningún lado' y que se considera una ‘cosa ideal'”. [134] Casi nadie en la izquierda, que casi hasta el momento del colapso final había considerado a la burocracia estalinista como garante del socialismo, se opuso a este triunfalismo de la burguesía. Más bien no menos que Fukuyama y Malia se convencieron que la desaparición de la URSS significaba el fracaso del socialismo. En muchos casos, la desmoralizada repudiación del socialismo como proyecto histórico legítimo resultó de una falta de voluntad para examinar las premisas y perspectivas por las que habían abogado anteriormente. Un sector bastante numeroso de aquellos ansiosos por abandonar y maldecir el marxismo no tenían el menor deseo de investigar las razones políticas detrás del colapso de la URSS, y mucho menos examinar la crítica trotskista del estalinismo. La cuestión que trataron de evitar fue si había existido una alternativa al estalinismo; es decir, si la historia de la Unión Soviética y del siglo XX habrían evolucionado diferentemente si el programa político de Trotsky hubiera triunfado en las importantísimas luchas del partido durante los 1920.

223. El historiador británico, Eric Hobsbawm, por largo tiempo militante del Partido Comunista, explícitamente declaró que para los historiadores no era apropiado considerar las posibilidades de una trayectoria diferente a la que en realidad ocurrió. “El destino de la Revolución Rusa fue establecer el socialismo en un país atrasado que pronto llegaría a la ruina total...” [135] El proyecto revolucionario se basó en una valoración totalmente irrealista de las posibilidades políticas. Hobsbawm arguyó que no valía la pena siquiera considerar un resultado diferente al de la Revolución Rusa. “La historia parte de lo que sucedió”, declaró. “El resto es especulación”. [136]

224. Al responder a la manera despectiva en que Hobsbawm rechazó toda consideración de las alternativas históricas al estalinismo, North puntualizó:

“Este es un concepto más bien simplista, pues ‘lo que sucedió' —si se considera como nada más de lo que la prensa del día reporta— seguramente constituye una pequeña porción del proceso histórico. Después de todo, la historia ha de consternarse no simplemente con ‘lo que sucedió', sino también con -y esto es definitivamente más importante- el por qué algo sucedió o no o pudo haber sucedido. El momento que uno analiza un evento -es decir, ‘lo que sucedió'- uno se ve obligado a considerar el proceso y el contexto. Sí, en 1924, la Unión Soviética adoptó la política del 'socialismo en un solo país', eso sucedió. Pero también sucedió que hubo oposición a ese concepto del ‘socialismo en un solo país'. El conflicto entre la burocracia estalinista y la Oposición de Izquierda, acerca de la cual Hobsbawm no dice ni siquiera una sola palabra, ‘sucedió'.

Hasta tal punto que él deliberadamente excluye, o descarta como carente de importancia, las fuerzas de oposición que trataron de darle una dirección diferente a la política de la Unión Soviética, su definición de ‘lo que sucedió' meramente consiste de una simplificación limitada, unidimensional y vulgar de una realidad histórica muy compleja. Para Hobsbawm, comenzar con ‘lo que sucedió' simplemente significa comenzar y terminar con ‘quién ganó'”. [137]

225. Las disculpas fatalistas de Hobsbawm fueron una expresión refinada y sofisticada de una inmensa campaña de falsificación histórica luego de la caída de la URSS. Los ex estalinistas de la ex Unión Soviética desempeñaron un papel importantísimo en esta campaña; casi del día a la mañana se transformaron en los anti comunistas más amargados. Proclamaron sin cesar que la Revolución Rusa había sido una confabulación criminal contra el pueblo ruso. El General Dmitri Volkogonov fue el más destacado de este grupo. En su biografía de Lenín, este -admitiendo quizás más de lo que quería- admite que el cambio de su propia actitud hacia Lenín evolucionó “sobre todo porque la ‘causa' que él lanzara y por la cual millones pagaron con sus vidas había sufrido una gran derrota histórica”. [138] Entre los crímenes de los cuales Volkogonov acusa a Lenín fue la disolución de la Asamblea Constituyente, acontecimiento en el que ni una sola persona sufrió herida. Pero en octubre de 1993, esto no previno a Volkogonov, en su capacidad como asesor militar del Presidente Boris Yeltsin, de supervisar el bombardeo con tanques de la Casa Blanca rusa, sede del parlamento de Rusia elegido democráticamente. Se calcula que la cantidad de muertos en esta acción llegó a 2,000.

226. En la reunión del pleno en marzo de 1992, el Comité Internacional debatió la relación entre el desarrollo de la crisis del capitalismo y la lucha de clases como proceso objetivo, y la conciencia socialista:

“Son los fundamentos generales del movimiento revolucionario lo que la intensificación de la lucha de clases ofrece. Pero ésta, por sí sola, no crea de manera directa o automáticamente el ambiente político, intelectual y, deberíamos añadir, cultural que este desarrollo requiere y el cual prepara el campo para una verdadera situación revolucionaria. Sólo cuando entendemos la diferencia entre las bases generales objetivas del movimiento revolucionario y el complejo proceso político, social y cultural por medio

del cual se convierte en una fuerza histórica dominante es posible comprender el significado de nuestra lucha histórica en contra del estalinismo y ver la misión que se nos plantea hoy”. [139]

227. La restauración de la cultura socialista en la clase trabajadora internacional requería una lucha sistemática en contra de los falsificadores de la historia. Fue necesario educar a la clase trabajadora en la verdadera historia del siglo XX y así vincular otra vez sus luchas con las grandes tradiciones del socialismo revolucionario, inclusive la Revolución Rusa. Luego del pleno de marzo de 1992, el CICI lanzó una campaña en defensa de la verdad histórica para refutar todas las aseveraciones de la corriente post soviética que falsifica la historia. Comenzando con en 1993, el CI inició una íntima colaboración con Vadim Rogovin, entre los más destacados sociólogos e historiadores marxistas soviéticos. Bajo condiciones en que enormes sectores de los académicos soviéticos se movían vertiginosamente hacia la derecha y apoyaban la restauración del capitalismo, Rogobin comenzó a rehabilitar a Trotsky y a la Oposición de Izquierda. En 1993, justamente después de acabar una obra que analizaba el nacimiento de la Oposición de Izquierda, titulada, ¿Hubo una alternativa?, Rogovin se reunió por primera vez con representantes del Comité Internacional. Ya había estado leyendo por varios años el Boletín de la Cuarta Internacional en ruso. Acogió con gran entusiasmo la propuesta para conducir una campaña internacional en contra de la corriente post soviética cuyo fin era falsificar la historia. Con la asistencia del Comité Internacional, Rogovin, aunque gravemente enfermo con cáncer, completó, antes de fallecer en septiembre de 1998, seis volúmenes adicionales de ¿Hubo una alternativa?

228. Basándose en el análisis hecho por el pleno en marzo de 1992, de los problemas que había que vencer para desarrollar la conciencia socialista en la clase trabajadora, el Comité Internacional expandió sus labores sobre cuestiones culturales, tratando así de resucitar las tradiciones intelectuales de la Oposición de Izquierda, a las cuales se les había dado una gran importancia. Esta perspectiva encontró su suma expresión en obras tales como Problemas de la vida cotidiana y Literatura y revolución, ambas obras de León Trotsky, y El arte como método para comprender el mundo, de Alexander Voronsky. Partiendo de y elaborando esta tradición, el Comité Internacional llegó a reconocer que el desarrollo de la conciencia revolucionaria no toma lugar en un vacío intelectual; que éste requiere nutrirse de la cultura, y que el movimiento marxista tenía que un papel vital que jugar en darle ánimo y contribuir a la creación de un ambiente intelectual basado en una percepción más crítica y perspicaz en cuanto lo social. En una charla presentada en enero de 1998, David Walsh puntualizó:

Los marxistas se enfrentan a enormes dificultades al tratar de crear un público que pueda comprender y responder a su programa político y a sus perspectivas. Despreciar la necesidad de enriquecer la conciencia popular bajo las condiciones actuales parece demasiado irresponsable.

¿Cómo se logra una revolución? ¿Es simplemente consecuencia de la agitación y propaganda socialista llevada a cabo en condiciones objetivas favorables? ¿Fue así como sucedió la Revolución de Octubre? Como partido hemos consagrado mucho tiempo a estas cuestiones durante los últimos años. Una de nuestras conclusiones es que la revolución de 1917 no simplemente fue resultado de un proceso sociopolítico ni nacional o internacional; fue consecuencia de esfuerzos durante décadas de establecer y fortalecer una cultura socialista internacional; una cultura que atrajo a su órbita -y asimiló- los éxitos más importantes de la burguesía en cuanto a sus ideas sociopolíticas, su artes y su ciencia. Por supuesto, fueron aquellos teóricos y revolucionarios políticos que conscientemente tuvieron el objetivo de ponerle fin al capitalismo que establecieron las bases intelectuales para la revolución de 1917. Pero los ríos y tributarios que contribuyen al torrencial revolucionario son numerosos. Forman un complejo sistema de influencias que se relacionan, se contradicen y se refuerzan unas a otras.

La creación de un ambiente en el que de repente sea posible que grandes cantidades de gente se subleven y conscientemente emprendan el desmonte de la vieja sociedad, descartando los viejos prejuicios y hábitos adquiridos durante décadas y siglos; prejuicios, hábitos y maneras de actuar que inevitablemente adquieren vida propia con

la capacidad para resistir aparentemente de forma independiente. Es inconcebible que el vencimiento de esta inercia histórica y la creación de un ambiente insurreccionarlo sea implemente una tarea política.

Estamos conscientes de que el ser humano socialista integral no es más que una criatura del futuro, pero confiamos que ese futuro no sea muy lejano. Pero eso no es lo mismo que decir que no se necesitan cambios en los corazones y mentes de las masas antes de que la revolución social se haga realidad. Vivimos en una época de decadencia y estancamiento cultural en que las maravillas tecnológicas se usan principalmente para adormecer y anestesiar a las masas y rendirlas vulnerables a los conceptos y tendencias más retrógradas.

La agudización del raciocinio de la población —su capacidad colectiva para distinguir la verdad de la mentira, lo esencial de lo no esencial, sus propios intereses elementales de los intereses de sus enemigos más mortíferos— y elevar sus niveles espirituales hasta tal punto que grandes cantidades de personas puedan mostrar su nobleza, hacer grandes sacrificios y pensar solamente en sus prójimos —surge de todo un realzar intelectual y moral como consecuencia del progreso de la cultura humana en general”. [140]

Notas:

116. The World Capitalist Crisis and the Tasks of the Fourth International: Perspectives Resolution of the International Committee of the Fourth International (Detroit: Labor Publications, 1988), pp. 48-49.

117. Ibid., p. 49.

118. Ibid., p. 6.

119. The World Capitalist Crisis and the Tasks of the Fourth International (Detroit: Labor Publications, 1988) pp. 6-7.

120. D. North, Report to the Thirteenth National Congress of the Workers League, in Fourth International, July-December 1988, pp. 38-39.

121. Ibid., pp 7-8.

122. Leon Trotsky, Revolution Betrayed, p. 235.

123. "The Workers' State, Thermidor, and Bonapartism" in Writings of Leon Trotsky 1934-35 (New York: Pathfinder, 2002) p. 246.

124. Beyond Perestroika: The Future of Gorbachev's USSR (London: Verso, 1989), p. xi.

125. Tariq Ali, Revolution From Above: Where Is the Soviet Union Going? (London: Hutchinson, 1988), p. vi.

126. Ibid., p. xi.

127. Ibid., p. xii.

128. Ibid., p. xiii.

129. Cited in The Heritage We Defend, p. 498.

130. The World Capitalist Crisis and the Tasks of the Fourth International, pp. 30-31.

131. "After the August Putsch: Soviet Union at the Crossroads" in The Fourth International, Volume 19, No. 1 [Fall-Winter 1992], p. 109.

132. David North, The End of the USSR (Detroit, Labor Publications, 1992), p. 6.

133. Ibid., p. 20.

134. Martin Malia, The Soviet Tragedy: A History of Socialism in Russia, 1917-1991 [New York: The Free Press, 1994], p. 23.

135. "Can We Write the History of the Russian Revolution," in On History (London: Weidenfeld & Nicolson, 1997), p. 248.

136. Ibid., p. 249.

137. Leon Trotsky and the Fate of Socialism in the Twentieth Century, World Socialist Web Site [http://www.wsws.org/exhibits/trotsky/trlect.htm]

138. Dmitri Volkogonov, Lenin (New York: The Free Press, 1994), p. xxx.

139. "The Struggle for Marxism and the Tasks of the Fourth International," Report by David North, March 11, 1992, Fourth International, Volume 19, Number 1, Fall Winter 1992, p. 74.

140. David Walsh, "The Aesthetic Component of Socialism" (Bankstown, NSW: Mehring Books, 1998), pp. 35-37.